“Los Amaré de Pura Gracia”

Un Estudio en el Amor de Dios derivado del Profeta Oseas

Isa 63:7-16

 

Introducción

¿Es usted un hipócrita, un miserable que vive la vida engañando a todos los que le rodean? ¿Adúltero o fornicario empedernido que no respeta a nada ni a nadie? ¿Es acaso un maníaco sexual que la concupiscencia lo consume y practica en secreto y genera en su mente los más burdos actos sexuales? ¿Acaso siente un profundo desprecio por todos los demás seres humanos que considera inferiores? ¿Es un criminal oculto que ha atentado contra la vida de otra persona o ha planeado hacerlo aunque sin éxito? ¿Tal vez un idólatra enfermo que adora al primer reptil que se arrastra sobre la tierra? ¿Un traidor a los más altos ideales que conoció en su juventud y que ha abandonado? ¿Alguien que continuadamente se apropia de lo que no es suyo? ¿Un pecador empedernido y reincidente que se revuelca en el cieno constantemente?

Lo sorprendente es que aunque usted sea el ser más miserable y pecador, Dios lo ama, y lo ama con el más entrañable amor, un sentimiento superior que el hombre no puede comprender, evaluar y muchas veces compartir o corresponder.

Para comenzar un breve ciclo sobre el amor en este mes, tradicionalmente dedicado al amor y la amistad, comencemos por donde único se puede comenzar, por el amor de Dios que es arquetipo, es decir modelo eterno y  perfecto de toda forma de amor que el hombre pueda conocer.

Y para entender un poquito del inmenso amor de Dios, una de las porciones bíblicas más ilustrativas está en el libro de Oseas en el A.T.

 

 

Primera Parte: La Historia de Amor de Oseas

La narración histórico-profética de Oseas es de las más hermosas que el género humano haya conocido. Historia y profecía guiadas por el más sublime amor. Pocas secciones de la Biblia Hebrea hablan con mayor belleza, ternura  y conocimiento de causa del amor de Dios que este libro maravilloso y realmente no tan conocido.

 

Es por ello que resulta difícil hablar de la dimensión del amor divino sin considerar al profeta del siglo VIII que para ilustrar ese inmenso amor hacia su pueblo, presenta algunas de las más fuertes y significativas imágenes del Antiguo Testamento.

 

Contemporáneo de Isaías, la poética forma de expresión y el tratamiento de temas semejantes los emparenta. Ambos cantan del amor de Dios con el profundo sentimiento del que sabe muy bien de qué habla porque ha sentido el calor de ese incomparable amor no sólo en la vida del pueblo sino en la suya propia.

 

La historia comienza en los días de la apostasía de Jeroboán en Israel, el que enseñó a pecar  a la nación y en los días de Uzias de Judá, el que comenzó bien y termino mal, leproso hasta el día de su muerte por haber querido, con soberbia, quemar incienso en el templo de Jerusalén, oficio que sólo correspondía a los sacerdotes.

 

Para ilustrar la triste condición de su pueblo como la esposa deshonrada, Dios manda al profeta a unirse con una mujer fornicaria y tener hijos con ella. Es orden del Soberano, no voluntad del hombre. Los judíos acostumbraban seguir de cerca la vida de los profetas, porque no sólo sus palabras, sino sus acciones ilustraban y trasmitían palabra de Dios. El primer hijo de Oseas, Jezreel, ilustra el juicio de Dios, porque no hay amor sin justicia ni disciplina. La primera hija, Lo-ruhama, ilustra la negación de Dios a compadecerse del pecador sumergido en su voluntario y empedernido pecado. El último hijo, Lo-ammi, ilustra la frustración de Dios con respecto a un pueblo que no merece ser pueblo de Dios. Pero todo esto parece contradecir la introducción. No crea, el profeta adelanta abruptamente el tema de su profecía, diciéndole al pueblo de parte de Dios: “Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho sois hijos del Dios viviente.”

 

El castigo contra la nación adúltera es entonces ilustrado en la actitud de la mujer de Oseas que vuelve a la prostitución en pos de sus amantes que le dan pan, agua, trigo, aceite, bebida; olvidando que su marido el profeta, representando a Dios, le provee de mucho más que eso: trigo, vino, aceite, lana, lino, plata y oro. Así muchas mujeres y muchos hombres en la historia de la humanidad huyen de su cónyuge para probar suerte con otro que no tiene ni remotamente las cualidades del primero, solo por probar lo prohibido. Nadie librará a la adúltera de la ira de su marido que destruirá sus vides y sus higueras y las reducirá a matorrales, en una evidente alusión a la nación y su territorio.

 

Pero he aquí que ese amante Dios, de repente, siente la necesidad de atraer a su mujer a una relación diferente, una relación de gracioso amor, o amor de pura gracia, porque no tiene justificación, porque es unilateral; y le habla al corazón sobre el tiempo, aún futuro, en que ella le llamará “Ishi”, es decir, mi esposo, y no más “Baali”, es decir, mi Señor, una clara alusión a Baal, dios de los cananeos, porque se desposará con ella en fidelidad y le hará conocerle íntimamente como el amante Dios que tiene misericordia aun de Lo-ruhama –la no compadecida – y que dice a Lo-ammi – el que no es su pueblo-, “pueblo mío”, vibrante expresión de la libre gracia de Dios, que llama pueblo mío a una nación rebelde y contradictoria.

 

Otra vez, en la sublime historia, el profeta es enviado a amar a una mujer adúltera, con la pasión ferviente y el dulce sentimiento sacrificial de Dios hacia su pueblo. ¡Qué meta para el profeta!, semejante a la enunciada por el apóstol Pablo en el N.T. para el hombre, que debe amar a su mujer “como Cristo amó a la iglesia y se entregó asimismo por ella.” El profeta va y la compra por plata y cebada, quizá en su actual pobreza no le alcanzaba la plata, y la lleva a una profunda relación amorosa donde la prostituta ya redimida no fornica ni toma a otro varón, al menos por un tiempo.

 

A pesar de todo ello, la profecía retoma, una vez más, el carácter pecador del pueblo y su obstinada ignorancia, sumergiéndose en la idolatría, de tal manera que Dios aparta su rostro. Pero, otra vez, el pueblo clama a Jehová, un Dios que arrebata, pero cura y venda las heridas, que da vida a los muertos y que llega a su pueblo como el alba dispuesta a su salida, y como la lluvia tardía y temprana a la tierra. Y Dios perdona.

 

Mas, ¿qué es la piedad de Efraín y Judá? Nada, se esfuma enseguida. ¿Qué es sino  paloma incauta y sin entendimiento, torta que se cocina de un solo lado; pueblos que aman el salario de ramera en la eras de trigo? ¿Qué harán en el día de la solemnidad, y en el día de la fiesta de Jehová aquellos que han llegado hasta la más baja corrupción? ¿Dónde está la uva del desierto y la fruta temprana de la higuera?

 

El pueblo de Dios, para el profeta y para el mismo Dios, es pueblo de corazón dividido, novilla domada que le gusta llevar yugo. Pueblo que ara impiedad y riega iniquidad. Clama el profeta: “¡sembrad para vosotros en justicia, segad en misericordia, porque es el tiempo de buscar a Jehová!”  ¿No cree usted, amado hermano o amigo, que hoy también  es tiempo de buscar a Jehová? (pausa).

 

¿No amó Dios a su pueblo con amor inefable desde los comienzos, siendo que era “hijo de Dios”? Exclama el Señor con inmensa ternura, por medio del profeta:

“Cuando Israel era muchacho yo lo amé y de Egipto llamé a mi hijo” (una colateral referencia al Mesías niño)… Yo les enseñaba a andar tomándoles de los brazos… ¡con cuerdas humanas, con cuerdas de amor, los atraje! Pero mi pueblo está adherido a la rebelión contra mí y aunque me llaman Altísimo, no me enaltecen. ¿Cómo podré abandonarte, pueblo mío? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama mi compasión. Pero el pueblo se sació en sus pastos y se llenó de soberbia su corazón y se olvidaron de mí, dice el Señor. Pero como león les acecharé y como osa que ha perdido sus hijos los encontraré y desgarraré su corazón y lo devoraré.

¡Vuelve, Oh Israel, a Jehová tu Dios!  Yo sanaré vuestra rebelión y “los amaré de pura gracia”; y les seré como el rocío y florecerán como el lirio y será la gloria de ellos como el olivo y perfumarán como el Líbano. Volverán y se sentarán bajo Su sombra y serán vivificados y florecerán, porque los caminos de Jehová son rectos y los justos andarán por ellos.

Hasta aquí la profecía de Oseas.

 

¿Cómo se puede amar así? Sin considerar la miseria del ser amado. ¿Cómo cree usted que podría, hermano varón aquí presente, amar a una mujer públicamente adúltera y prostituta? ¿Cómo podría, hermana, amarse a un hombre sin vergüenza ni dignidad que se revuelca con la primera que encuentra en el camino? Sólo Dios puede, porque Dios es esencialmente amor.

 

 

Segunda Parte: El Amor de Dios

 

1. La esencia del amor de Dios.

El amor es la mismísima esencia de Dios; es parte de su naturaleza, no es un atributo externo. Además de expresar la Escritura que Dios posee una naturaleza amorosa, define ese amor enumerando sus atributos. 1 Cor. 13 es el más claro ejemplo.

 

Sólo su bondad y santidad, en cierto sentido tienen más alcance, porque su amor tiene que ser bueno, no una fuerza irresistible que destruye, y tiene que ser santo, perfecto, porque es parte de su santidad.

 

Amor es por lo tanto, perfecta bondad hacia las criaturas y la perfección que lo lleva a comunicarse con ellas y a comunicarles su propia naturaleza. Pero aun antes de ello la propia naturaleza eterna de Dios genera una entrega mutua entre las personas de la Trinidad. Luego Dios se ama a sí mismo a través de la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Difícil de asimilar?… en manera alguna; la Biblia es terminantemente clara en cuanto a que el Padre ama al Hijo y viceversa y que el Espíritu está también envuelto en esa eterna y perfecta relación tri-una.

 

En cuanto a las criaturas racionales, Dios se ama a sí mismo en ellas, porque son su obra y su perfecta satisfacción. De alguna manera encuentra siempre aun en el pecador, una porción de su propia imagen que le lleva a amarle y a sacrificar algo de sí mismo por esa criatura. Esa es la obra de Cristo; pero el diseño es del Padre; y tanto éste como aquella son frutos del amor. Por amor el Padre hizo ese Plan Eterno del que con tanta frecuencia hablamos, por amor el Hijo lo llevó a efecto, aun a costa de su propia humillación, y por amor el Espíritu, aplica esa obra a la vida del creyente y le preserva dentro del propósito divino.

Según se ha dicho, el amor es complacencia y deleite, deseo de posesión y de comunión, luego es un sentimiento. El amor de Dios sigue siendo un sentimiento, pero un sentimiento gobernado por su sabiduría y voluntad. No es una fuerza sin sentido. Tampoco en Dios están ausentes los sentimientos, como afirmaron algunos durante la edad media. Sin sentimientos, aunque perfectos, Dios sería una gran máquina; pero los sentimientos en Dios difieren en naturaleza y grado de los nuestros. Los hijos de Dios son objeto de su complacencia y deleite, y Dios desea la comunión de ellos, pero ese sentimiento no obstaculiza el ejercicio de sus otros atributos o perfecciones morales. Su amor es sabio, su amor es justo, su amor es santo. No podría ser de otra manera. Hasta aquí no llega el hombre aunque el amor es un atributo que Dios le comunica. Tenemos el amor de Dios, amor que en Dios es perfecto, pero en nosotros es sólo una aproximación, a veces burda.

 

La Escritura es muy seria y responsable cuando compara, sólo para nuestra comprensión, el amor de Dios con el amor de un padre: “como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen.” (Sal. 103:13).

 

Esta verdad ya la hemos ilustrado con anterioridad en la conversación de Jesús con Pedro: “Simón… ¿me amas?” –“Señor, tu sabes que te quiero”. Pedro sabía que no podía amar a Cristo, por mucho que le amara, como Jesús le amaba a él. Porque el amor de Dios es perfecto y el del hombre no. Ese es el amor de 1ra. de Cor. 13, donde aprendemos que es amor de entrega, y entrega sacrificial: es sufrido, benigno, no envidioso, no jactancioso, no vanidoso, no indebido o impropio, no egoísta, no irritante, no rencoroso, no injusto, pero verdadero o asentado en la verdad de Dios, manso, paciente, fuerte, eterno.

 

Juan, en su primera epístola capítulo 4, versos de 7-10, aspira a definir el amor y sólo encuentra que la definición de amor es Dios mismo y se muestra en su obra salvífica:

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”

 

2. El Amor de Dios como Padre.

 

1. La Relación Eterna del Padre y del Hijo.

El Antiguo Testamento menciona poco la relación paternal que hay en Dios y de Dios hacia sus criaturas racionales. El Nuevo revela al Padre de una manera maravillosa. En la revelación trinitaria neotestamentaria, “Padre” aparece como el nombre propio de la primera persona y esto es de manera más evidente en la relación con el Hijo. En el estado encarnado del Hijo, “El es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 1:3; 1 Ped. 1:3) lo que muestra una relación diferente y superior a la de cualquier otro hijo. Es más, esa relación oficial o posicional es eterna, única posible interpretación de las palabras del escritor de Hebreos, quien citando al Salmo 45, dice en 1:8: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo”, es decir por toda la eternidad. Y asimismo la única interpretación de las palabras de Cristo en Juan 17: 5: “Ahora, pues, Padre, glorifícame tu para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”, es decir, en la eternidad.

 

Observe al niño Jesús expresando esa relación preciosa y  única: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Luc. 2:49).

Si bien es cierto que Fil. 2:5-11 establece una cierta dependencia del Hijo al Padre, también es cierto que una clara interdependencia es perfectamente visible en Juan 14:10: “¿No crees que yo soy en el Padre y el Padre en mí?”.

 

2. La Relación del Padre con los Seres Humanos

Una de las preguntas más difíciles de contestar es por qué Dios adoptó la designación de padre en la eternidad. Los seres humanos tenemos un concepto más o menos claro de lo que significa un padre; dependiendo nuestra comprensión, de nuestra relación con nuestros padres o de los modelos que hayamos observado, ¿pero que significa el Padre Eterno? Evidentemente mucho más de lo que podemos imaginar y quizá la razón de toda paternidad. La designación de Padre en la eternidad puede tener que ver con la paternidad elegida para Jesucristo en el tiempo, pero ello puede parecer una limitación a algunos, aunque para otros sería consecuente con un Dios inmutable.

 

La respuesta de la paternidad del hombre también tiene algunas dificultades. Dios es padre de la raza por creación y en algún sentido de todo ser viviente, pero propiamente hijos de Dios son sólo aquellos a los que Dios ama especialmente en Jesucristo, aquellos que han sido redimidos con su sangre y han sido adoptados en él. La adopción es la expresión formal de la regeneración. Gal. 4:4-6 dice: “Dios envió a su Hijo… para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”, y Efesios 1:5, describe la causa: “En amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo”. Es adopción porque no éramos hijos de Dios sino hijos naturales de Adán, con su herencia de pecado, y ahora somos declarados hijos del Padre y por ende hermanos menores de Cristo. En su paternidad, el Padre quiso incluir a los que han recibido la naturaleza de Cristo, aquellos en los cuales Cristo ha sido formado. Esos si son hijos de Dios y a ellos ama entrañablemente con el más perfecto amor, derivado del amor que tiene a su Hijo.

 

Como hijos amados del Padre pasamos de muerte a vida y adquirimos todos los beneficios de la adopción y de esa nueva vida en Cristo; el primero de ellos, la comunión con el Padre, la razón de la existencia de la raza; y el último la vida eterna con Dios.

 

Además de ello, el amor de Dios en sus hijos produce las más hermosas bendiciones:  naturaleza divina (Juan 1:13); relación filial (Rom. 8:15); presencia del Espíritu (Gal. 4:6); semejanza a Dios (1Jn. 3:2); herencia y glorificación (Rom. 8:17); acceso directo y seguro al Padre (Ef. 3:12); compasión divina (Salmo 103:13); provisión (Mat. 6:32); disciplina paternal (Heb. 12:4-11); esperanza de la gloria (Rom. 5:2); y herencia en el cielo (1Ped. 1:3-5), entre muchas otras que es imposible mencionar.

Y todo ello por ser llamados hijos de Dios: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1-2).

 

Conclusión

Hemos considerado el amor de Dios como un amor inteligente, no una fuerza ciega y sin control; un amor benévolo o lo que es lo mismo un amor que desea y hace el bien a las criaturas; un amor justo, es decir que está bajo condiciones morales y de santidad; y hemos reconocido que es un amor sacrificial en Cristo, es decir, un amor que se sacrifica por el bien de las criaturas. Finalmente, el amor de Dios demanda el amor del hombre como respuesta, y ese será el tema de nuestro próximo mensaje.

Concluyendo, no hay nada como el incomparable amor de Dios. Por amor hizo el universo, por amor puso al hombre en el Edén para que tuviera una preciosa relación de compañerismo con El; por amor soportó con paciencia al hombre y al pueblo en su pecado; por amor ofreció aquello que más amaba, a su propio Hijo; por amor lo llevó a la cruz y cargó en él el pecado de todos nosotros, por amor ofrece salvación y vida eterna en Cristo Jesús a todos aquellos que se arrepienten de sus pecados y le aceptan por fe como Salvador y Señor.  “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”  Dios nos amó de pura gracia, es decir, sin que tuviéramos que hacer nada para comprar o pagar ese amor.

Hace más de 50 años que conocí el amor de Dios en Cristo y aun hoy me gozo en atesorarlo en mi corazón, y todavía me admiro de lo que Dios hizo por mí… por amor. ¿Conoce usted de verdad y por íntima experiencia ese maravilloso amor? ¿Quiere recibirlo hoy?

 

Nota: Hay varias referencias no indicadas