Los Hombres Insistentes de Oración
¡Padre! He aquí la gran palabra que
nos ha dicho Dios de Sí mismo. Cuando, cada vez con más insistencia, los hombres
se preguntan por el origen de todo; por el absoluto, por la razón última de
cuanto existe; por algo o alguien que justifique tanto cuanto no podemos
entender; los cristianos queremos recordarnos y proclamar al mundo entero, que
ese inmenso poder y esa inalcanzable sabiduría, cuya necesidad intuimos más
fácilmente que demostramos, es un Padre: un Padre en todo momento amoroso,
dispuesto a comprender, a perdonar, a prestar su ayuda infalible en cada
instante, aunque todos los padres de este mundo perdieran su sentido y
sensibilidad paterna.
Es grande la insistencia del Hijo de
Dios –encarnado para nuestra salvación– en recordar la divina paternidad que
asiste al hombre. De continuo habla Jesús de mi Padre, de igual naturaleza y
dignidad que Él; y de vuestro Padre celestial, cuando se dirige al resto de los
hombres. El paso adelante que supone el Nuevo Testamento respecto del Antiguo,
es sobre todo la filiación divina –ahora somos ya hijos de Dios, dirá san Juan–
que nos ha ganado y revelado Jesucristo. El mismo Dios, que se mostraba
imponente ante el pueblo elegido durante generaciones y generaciones,
salvándolos, por ejemplo, de modo espectacular de la esclavitud de Egipto; ese
mismo Dios, sin mengua en su soberanía, ha manifestado ser Padre de cada hombre.
Cuando Jesús habla de un padre –se
deduce claramente de los ejemplos bien expresivos que enumera a continuación del
Padrenuestro– se refiere a quien, ante todo, procura lo bueno, lo mejor para su
hijo; y Dios es un Padre ideal, acaba por concluir. Es un Padre, necesariamente
favorecedor, que enriquece al hijo en toda necesidad: si vosotros, siendo
malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo
dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Por una parte –asegura el Señor–, Dios es mejor que los hombres: si un padre de
la tierra se cuida de su hijo, ¡qué no hará nuestro Padre Dios!; por otra, su
bondad y generosidad no tienen medida y entrega el Espíritu Santo, que es Dios y
nada hay mejor que El, a quienes se lo piden. Así sucede también con los buenos
padres de la tierra, que desean para sus hijos lo que está por encima de las
ilusiones de estos, a veces pequeñas. Querrían hacer por ellos mucho más de lo
que piden, entregarles mejores tesoros que los que tal vez reclaman con
insistencia.
Pongamos nuestro corazón en Dios desinteresadamente, sin reclamar, casi de continuo, favores, soluciones a problemas: ¡Señor, esto, aquello, me preocupa con urgencia tal asunto...! Ya nos damos cuenta de que no debemos convertir a Dios en un establecimiento universal y gratuito de remedios. Sin embargo, somos niños, y no importa demasiado que actuemos con nuestro Dios de ese modo espontáneo e infantil.
La gloria y eficiencia del evangelio se apoyan en los hombres que lo proclaman. Dios proclama la necesidad de hombres para usarlos como el medio para ejercitar su poder sobre el mundo, con estas palabras "Los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para corroborar a los que tienen corazón perfecto para con él". Esta verdad urgente y vital es vista con descuido por la gente de nuestra época, lo que es tan funesto para la obra de Dios como sería arrancar el sol de su esfera, pues produciría oscuridad, confusión y muerte. Lo que la Iglesia necesita hoy día, no es maquinaria más abundante o perfeccionada, ni nuevas organizaciones ni métodos más modernos, sino hombres que puedan ser usados por el Espíritu Santo; hombres de oración, poderosos en la oración. El Espíritu Santo no pasa a través de métodos sino de hombres. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge a los planes sino hombres: Los hombres de oración.
“Lo que la iglesia necesita hoy día, no es más o mejor mecanismo, no nuevas organizaciones o más y modernos métodos, sino hombres a quienes el Espíritu Santo pueda usar; hombres de oración, hombres poderosos en oración. El Espíritu Santo no fluye a través de los métodos, sino a través de los hombres. El no desciende sobre los mecanismos, sino sobre los hombres. El no unge planes, sino hombres, hombres de oración.”
La fe se mantiene viva por la oracion.
La fe hace lo imposible, porque hace que Dios se comprometa por nosotros, y nada
es imposible para Dios.
Por eso os digo que todas las cosas por las que oreis y pidais, creed que ya
las habeis recibido, y os seran concedidas Marcos 11:24.
La oracion proyecta la fe hacia Dios, y hace que Dios se proyecte hacia el mundo.
Solo Dios puede mover montañas, pero la oracion y la fe lo mueven a El.
Aquellos que han sido flojos en cultivar su fe por medio de la oracion, tienen como resultado falta de confianza. Tiene una vida muy por debajo de la vida que el Señor ha provisto, ya que no confían ni en Dios, ni en Cristo ni en la autenticidad de la mision del Señor, ni en la de ellos.
El hombre que ha hecho lo máximo para Dios en este mundo, ha estado temprano sobre sus rodillas. El que malgasta la mañana, su oportunidad y frescura en otras preocupaciones en vez de buscar a Dios, hará pobres avances cuando lo busque el resto del día. Si Dios no está primero en nuestros pensamientos y esfuerzos en la mañana, estará en el último lugar en el resto del día.
Detrás de levantarse temprano y de la oración
matinal, está el ardiente deseo que nos insta a buscar a Dios. La apatía en la
mañana es el indicador de un corazón apático. El corazón que se retrasa en
buscar a Dios en la mañana, ha perdido su gusto por Dios.
El corazón de David estaba ardiente por Dios. Su hambre y sed de Dios lo
llevaban a buscarlo temprano, antes de que amaneciera. No perdía su avidez de
buscar a Dios por quedarse acostado durmiendo. Cristo anhelaba tener comunión
con Dios, por ello se levantaba mucho antes del amanecer para dirigirse a la
montaña a orar. Los discípulos, cuando se despertaban, avergonzándose de su
indulgencia, sabían dónde encontrarlo. Podemos revisar la lista de hombres que
han impactado poderosamente el mundo para Dios, y los encontraremos temprano,
buscándolo.
El deseo por Dios, que no puede quebrar las cadenas del sueño hasta tanto este
no se haya satisfecho completamente, es un deseo débil que hará poco bien para
Dios. El deseo por Dios que mantiene lejos al demonio y al mundo al comienzo del
día, nunca se recuperan después.
No es simplemente el hecho de levantarse temprano lo que pone al hombre en el frente y lo hace capitán general en las huestes de Dios, sino por el contrario, es el deseo ardiente el que mueve y quiebra todas las cadenas de auto indulgencia. Pero madrugar abre un canal de expresión e incrementa y da fortaleza al deseo.
Si ellos se hubieran quedado en cama siendo indulgentes con ellos mismos, el deseo se hubiese apagado. Fue el deseo el que los despertó y los puso en lo estrecho por Dios, y por haber prestado atención y actuado respondiendo al llamado, le dio a su fe el entendimiento acerca de Dios, y dio a sus corazones la más dulce y completa revelación de Él, y esta fuerza de fe y llenura de revelación los hizo santos por eminencia, y el halo de su santidad ha bajado a nosotros, y hemos entrado en el goce de sus conquistas.
Mas tomamos nuestra llenura en el gozo y no en el rendimiento. Nosotros construimos sus tumbas y escribimos sus epitafios, pero somos cuidadosos de no seguir sus ejemplos.
Necesitamos una generación de predicadores que busquen a Dios y que lo hagan temprano, que le den a Dios la frescura y sus primeros esfuerzos, y que a cambio obtengan la frescura y llenura de su poder, y que Él pueda ser como el rocío para ellos, lleno de alegría y fuerza, a lo largo de todo el trabajo del día.
Nuestra
pereza en buscar a Dios es nuestro pecado. Los hijos de este mundo son más
astutos que nosotros. Se empeñan en todo momento. Nosotros no seguimos a Dios
con ardor y diligencia. Ningún hombre llega a Dios si no lo busca con esfuerzo,
y ningún alma lo sigue laboriosamente si no lo hace desde temprano en la mañana.
Los propósitos maravillosos necesitan oraciones maravillosas para ser ejecutados. Las promesas que producen milagros necesitan oraciones para ser cumplidas. Solo la oración divina puede operar promesas divinas o llevar a cabo propósitos divinos. ¡Cuán grandes, cuán sublimes y cuán exaltadas son las promesas que Dios hace a su pueblo! ¡Cuán eternos son los propósitos de Dios!
Sin embargo, nuestras oraciones son demasiado cortas y débiles como para ejecutar los propósitos, o para reclamar las promesas de Dios con el poder adecuado. ¿Por qué estamos tan empobrecidos en nuestra experiencia y vivimos en un nivel tan bajo cuando las promesas de Dios son “preciosas y magníficas”? ¿Por qué los eternos propósitos de Dios se mueven tan tardíamente? ¿Por qué son tan pobremente ejecutados? Fracasamos en cuanto a apropiarnos de las promesas divinas y hacer descansar nuestra fe en ellas, y orar con fe es la solución. “No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones”.
La oración está basada en el propósito y en la
promesa de Dios. Orar es someterse a Dios. La oración no tiene ningún lamento en
contra de la voluntad de Dios. Puede clamar contra la amargura y el terrible
peso de una hora de angustia indecible: “Si es posible, pase de mí esta copa”.
Sin embargo, está sobrecargada con la sumisión más definida y más dulce,
“Pero no sea como yo quiero, sino como tú”.
La oración en su forma habitual y en su corriente profunda, es una conformidad
consciente de la voluntad de Dios, basada en la promesa directa de su Palabra, y
bajo la luz y la aplicación del Espíritu Santo. Nada es más seguro que La
Palabra de Dios como fundamento de la oración. Oramos solo cuando creemos en La
Palabra de Dios. Está basada directa y específicamente en las promesas de Dios
reveladas en Cristo Jesús.