Hombres De Oración
Yo juzgo que mi oración es más poderosa que Satanás; sino fuera así, Lutero habría sido tratado de una manera muy diferente hace mucho tiempo. Sin embargo, los hombres no verán ni reconocerán las grandes maravillas o milagros que Dios efectua en mi favor. Si abandonara la oración por un solo día perdería una gran parte del fuego de la fe.
Martín Lutero
El carácter de Jacob no era impecable, pero tampoco era despreciable. Poseía gran fortaleza de carácter y poder de juicio, y esto se convirtió enuna especie de trampa para él, de manera que no siempre caminó a través de la vida con el sosiego infantil de Isaac o la regia serenidad de Abraham, sino que a veces era taimado y dado al engaño como sus parientes maternos.
Yo sin embargo me opongo a ese menosprecio del carácter de Jacob,tan común en ciertos círculos, pues utilizó los recursos disponibles parala oración y oró. Nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob; y muy frecuentemente es llamado el Dios de Israel, y aún el Dios de Jacob. “Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos”: y si no se avergüenza de llamarse Dios de Jacob, ningún creyente tiene derecho de avergonzarse de Jacob.
Con todas sus imperfecciones (y ciertamente las tenía) era un hombrenoble. Algunas buenas personas están construidas a una escala demasia-do diminuta como para manifestar cualidades buenas o malas en algúngrado relevante: no su carácter sobre numerosas generaciones, yuna nación entera lleva su herencia.
Era un hombre lleno de energía, activo, aguantador, intrépido, y por ello sus debilidades llegaron a ser más notorias de lo que hubieran sido si hubiera tenido una naturaleza más apacible. No importa lo que se diga de él, era un maestro en el arte de la oración, y quien puede orar bien es un hombre magnífico.
Quien puede prevalecerante Dios, ciertamente puede prevalecer ante los hombres. Me parece que una vez que un hombre es enseñado a orar por el Señor,está preparado para enfrentar cualquier emergencia que se pueda presentar. Pueden estar seguros que le va a ir mal a cualquier hombre que luche contra un hombre de oración.
Todas las otras armas pueden hacerse a un lado; pero el arma de un hombre de oración aunque sea invisible y despreciada por el mundo, tiene un poder y una majestad que garantizan la victoria. La espada de la oración tiene un filo que traspasa la cota de mallas (armadura de cuero, guarnecida con piezas de hierro, que cubría el cuerpo). Jacob fue un príncipe que prevaleció cuando se puso de rodillas.
Antes que pentecostés, los apóstoles tuvieron solamente vislumbres de la importancia de la oración. Pero el Espíritu que descendió y los llenó en pentecostés eleva la oración a su posición vital y decisiva en el evangelio de Cristo. El llamamiento a la oración a todos los fieles constituye la demanda más alta y exigente del Espíritu. La piedad de los santos se refina y perfecciona por la oración. El evangelio marcha con pasos tardos y tímidos cuando los santos no hacen largas oraciones temprano y tarde en el día.
¿Dónde están los líderes cristianos que pueden poner a orar a los santos modernos y enseñarles esta devoción? ¿Nos hemos dado cuenta de que estamos levantando una colección de santos sin oración? ¿Dónde están los líderes apostólicos que pueden poner a orar al pueblo de Dios? Que pasen al frente y hagan el trabajo, será la obra más grande que puedan realizar. Un aumento de facilidades educativas y de recursos pecuniarios sería la maldición más terrible si estos elementos no estuvieren santificados por oraciones más fervorosas y frecuentes. Pero una devoción profunda no vendrá como algo natural.
La campaña para los fondos del siglo veinte o treinta no beneficiará sino dificultará nuestras oraciones si no somos cuidadosos. Sólo producirá efecto una acción específica y bien dirigida. Los miembros más distinguidos deben guiar en el esfuerzo apostólico de radicar la importancia vital y el hecho de la oración en el corazón y vida de la Iglesia. Unicamente los 1íderes que oran pueden tener seguidores en la oración. Los líderes que oran producirán santos que oren. Un púlpito que ora dará por resultado una congregación que ore. Necesitamos grandemente de alguien que ponga a los santos en la tarea de orar. No somos una generación de santos que oran. Los santos que no eran son un grupo mendicante que no tiene ni el ardor, ni la belleza, ni el poder de los santos. ¿Quién restaurará esta brecha? Será el más grande de los reformadores y apóstoles el que ponga a la Iglesia a orar.
Consideramos como nuestro juicio más sobrio que la grande necesidad de la Iglesia en ésta y en todas las épocas es de hombres de una fe avasalladora, una santidad sin mancha, un marcado vigor espiritual y un celo consumidor; que sus oraciones, fe, vida y ministerio sean de una forma tan radical y agresiva que efectúen revoluciones espirituales que hagan época en la vida individual y de la Iglesia.
No queremos decir hombres que causen sensación con sus planes novedosos, o que atraigan con agradables entretenimientos; sino hombres que produzcan movimiento y conmoción por la predicación de la Palabra de Dios y por el poder del Espíritu Santo, una revolución que cambie todo el curso de las cosas.
La habilidad natural y las ventajas de la educación no figuran como factores en este asunto, sino la capacidad por la fe, la habilidad para orar, el poder de una consagración completa, la aptitud para ser humilde, una absoluta rendición del yo para la gloria de Dios y un anhelo constante e insaciable de buscar toda la plenitud de Dios, hombres que puedan encender a la Iglesia en fervor a Dios; no de una manera ruidosa y con ostentación, sino con un fuego quieto que derrita y mueva todo hacia Dios.
Dios puede hacer maravillas con el hombre a propósito. Los hombres pueden hacer milagros si llegan a consentir que Dios los dirija. La investidura plena del espíritu que transformó al mundo sería eminentemente útil en estos días. La necesidad universal de la Iglesia es de hombres que puedan agitar poderosamente para Dios todo lo que les rodea, cuyas revoluciones espirituales cambien todo el aspecto de las cosas.
La Iglesia nunca ha marchado sin estos hombres, ellos adornan su historia; son los milagros permanentes de la divinidad de la Iglesia; su ejemplo y hechos son de inspiración y bendición incesante. Nuestra oración ha de ser porque aumenten en número y poder.
Lo que ha sido hecho en asuntos espirituales puede verificarse otra vez y en condiciones mejores. Esta era la opinión de Cristo. El dijo: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre». El pasado no ha limitado las posibilidades ni las demandas para hacer grandes cosas por Dios. La Iglesia que se atiene únicamente a su historia pasada para sus milagros de poder y gracia es una Iglesia caída.
Dios quiere hombres elegidos, hombres para quienes el yo y el mundo han desaparecido por una severa crucifixión, por una bancarrota que ha arruinado tan totalmente al yo y al mundo que no hay ni esperanza ni deseo de recuperarlos; hombres que por esta crucifixión se han vuelto hacia Dios con corazón perfecto. Oremos ardientemente para que la promesa que Dios ha hecho a la oración se realice más allá de lo que imaginamos.
Mas de Spurgeon.....
Pues bien, la siguiente cosa que hará será sentarse y llorar para que esto se
convierta en una realidad para él. ¿Acaso una alma tan pobre, inútil, pecadora
como soy yo, puede ser glorificada, y acaso Jesús se ha ido para preparar un
lugar para mí? ¿Me da Él su propia seguridad que vendrá de nuevo, y me
recibirá para Sí mismo? ¿Acaso soy un heredero juntamente con Cristo, y un
hijo favorecido de Dios? Esto nos hace sumergirnos por completo en gratitud
plena de adoración. Oh, señores, no podríamos volver a abrir nuestras bocas
para jactarnos; nuestro orgullo se ahoga en este mar de misericordia. Si
tuviéramos un pequeño Salvador, y un cielo pequeño, y una pequeña misericordia,
todavía podríamos desplegar nuestras banderas; pero con un grandioso Salvador,
y una grandiosa misericordia, y un cielo grandioso sólo podemos ir como David,
y sentarnos ante el Señor, y decir: "¿Por qué se me concede esto a mí?"
Tengo un amado hermano en Cristo que se encuentra muy enfermo, el reverendo
Curme, el vicario de Sandford en Oxfordshire, quien ha sido mi querido amigo
por muchos años. Él es un espejo de humildad, y divide su nombre en dos
palabras: ¿Cur me? que significa "¿por qué yo? A menudo repetía, y yo
podía escucharlo: "¿por qué yo, Señor? ¿Por qué yo?" Verdaderamente yo puedo
decir lo mismo: ¿Cur me?
Esta extraordinaria bondad del Señor tiende toda ella a promover la humildad,
y a ayudarnos a la vez en la oración; pues si el Señor es tan grandemente
bueno, podemos adoptar el lenguaje de la mujer fenicia cuando el Señor le dijo,
"No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos." Ella
respondió, "Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de
la mesa de sus amos." Así pues iremos y le pediremos a nuestro Señor que nos
dé migajas de misericordia, y serán suficientes para nosotros que somos unos
pobres perros. Las migajas de Dios son más grandes que los panes del hombre, y
si Él nos da lo que para Él es una migaja, eso será una comida completa para
nosotros.
¡Oh, Él es un grandioso Dador! ¡Él es un glorioso Dador! ¡No nos merecemos su
obsequio más pequeño! No podemos valorar la menor de sus misericordias, ni
describirla con plenitud, ni alabarlo a Él suficientemente por ella. Sus aguas
superficiales son demasiado profundas para nosotros; los pequeños montículos
de Sus misericordias nos sobrepasan; ¿Qué podríamos decir de Sus misericordias
del tamaño de montañas?
Además, una comparación de nuestro pasado y nuestro presente servirá
para la humildad y también para ayudar en la oración. Jacob es descrito así:
"Con mi cayado pasé este Jordán." Está completamente solo, no hay ningún
sirviente que le ayude; no tiene bienes, ni siquiera una muda de ropa en una
maleta, nada sino un cayado para caminar. Ahora, después de unos cuantos años,
aquí está Jacob de regreso, cruzando el río en dirección opuesta, y tiene con
él dos campamentos. Es un gran ganadero, con cuantiosas riquezas consistentes
en todo tipo de ganado. ¡Qué cambio! Quisiera que todos esos hombres a quienes
Dios ha prosperado no se avergüencen nunca de lo que fueron antes; no deberían
olvidarse nunca del cayado con el que cruzaron este Jordán.
Yo tenía un buen amigo que conservaba el eje de la carreta con la que
transportó todas sus pertenencias cuando llegó a Londres por primera vez. Lo
colocó frente a su puerta de entrada, y nunca se avergonzó de contar cómo
llegó del campo, cuán duro tuvo que trabajar, y cómo se abrió paso en el mundo.
Yo prefiero esto a la falsa alcurnia que olvida la moneda que languidecía
solitaria en el bolsillo al llegar a esta gran ciudad. Se enojan si se les
recuerda de su pobre padre anciano en el campo, pues fingen que su familia es
muy antigua y honorable; de hecho, afirman, uno de sus ancestros vino con el
Conquistador.
Nunca he sentido deseo de relacionarme con este conjunto de vagabundos; pero
los gustos difieren, y hay algunos que piensan que deben ser seres superiores
porque descienden de filibusteros normandos. Cada uno de ellos era un don
nadie, pero repentinamente se inflan como si lo fueran todo.
Observen que Jacob no dice: "Hace años estaba en mi hogar con mi padre Isaac,
un hombre de vastas propiedades." Ni habla de su abuelo Abraham como un noble
proveniente de una antigua familia de Ur de los caldeos, que se codeaba con
monarcas. No. Él no era tan insensato como para presumir de aristocracia o de
riqueza, sino que francamente reconoce su primera pobreza: "Con mi cayado, yo
un pobre hombre, solitario, sin amigos, crucé este Jordán, y ahora estoy sobre
dos campamentos." Lo humilla recordar lo que fue, pero al mismo tiempo esto lo
fortalece en su oración, pues, en efecto, él suplica, "¿Señor, me hiciste
tener dos campamentos para que Esaú tenga más que destruir? ¿Me diste estos
hijos para que caigan bajo la espada?" Lo repito de nuevo, lo que lo humilló
también le dio aliento: encontró su fortaleza en la oración, precisamente en
aquellas cosas que proporcionaban motivos para la humildad.
III. Y ahora, pues el tiempo vuela, debemos quedarnos en el tercer
punto, martillando el mismo clavo en la cabeza: LA VERDADERA HUMILDAD NOS
PROPORCIONA ARGUMENTOS PARA LA ORACIÓN.
Vean el primer argumento, "menor soy que todas las misericordias"; más
aún, "menor soy que la más pequeña de las muchas misericordias que has
mostrado a tu siervo. Has mantenido tu palabra y has sido fiel conmigo, pero
no porque yo haya sido fiel contigo. No merezco la verdad que tú has mostrado
a tu siervo." ¿Acaso no hay poder en una oración así? ¿No se consigue la
misericordia por medio de una confesión de indignidad?
El hombre que más alabó Cristo, hasta donde recuerdo, fue quien usó este mismo
lenguaje. El centurión se acercó a Cristo diciendo: "Señor, no soy digno de
que entres bajo mi techo"; y sobre él nuestro Señor dijo: "ni aun en Israel he
hallado tanta fe." Tengan la seguridad que si quieren el elogio de Cristo
deben ser humildes en su propia estima; Él nunca alaba al orgulloso, sino que
honra al humilde. Puesto que el Señor fue tan misericordioso con él cuando no
lo merecía, ¿no tenía Jacob un apoyo espléndido al que aferrarse mientras
sostenía su lucha con Dios y clamaba: "libérame de Esaú, mi hermano, aunque
debido al agravio que le hice no merezco esa liberación?" Siempre tememos en
nuestro tiempo de aflicción que Dios nos trate de acuerdo a nuestra indignidad;
pero no lo hará.
Nos decimos, "¡por fin los pecados de mi juventud me han alcanzado!; ¡ahora
seré tratado de acuerdo a mis iniquidades! Pero Jacob dijo virtualmente: "Señor,
nunca merecí la menor cosa de las que has hecho por mí, y todos tus tratos
conmigo son por pura gracia. Me quedo quieto donde siempre debo estar, un
deudor de Tu soberano favor inmerecido; yo te suplico, dado que has hecho todo
esto por mí, que no merezco nada, te suplico, haz todavía más cosas. Yo no he
cambiado pues soy tan indigno como siempre, y Tú no has cambiado, pues eres
tan bueno como siempre, por tanto libera a tu siervo." Esta es una poderosa
súplica al Altísimo.
Entonces, por favor, observen que mientras Jacob argumenta su propia
indignidad no deja de referirse a la bondad de Dios. Habla con las
palabras más expresivas, amplias y llenas de significado. "Soy indigno de la
más pequeña de todas tus misericordias. No puedo enumerarlas, ¡la lista
sería demasiado larga! Me parece que me has dado todo tipo de misericordias,
todo tipo de bendiciones. Tu misericordia dura para siempre, y tú me la has
dado toda a mí." Cómo exalta a Dios con su boca, cuando dice, "Todas tus
misericordias." No dice, "toda tu misericordia", la palabra está en plural: "menor
soy que todas las misericordias." Pues Dios tiene muchos escuadrones de
misericordias, los favores nunca llegan solos, nos visitan en tropel.
Todos los árboles del viñedo de Dios están llenos de ramas, y cada rama está
cargada de frutos. Todas las flores en el jardín de Dios florecen dos veces y
algunas de ellas florecen hasta siete veces. No solamente tenemos misericordia,
sino numerosas misericordias como la arena. Misericordia por el pasado, por el
presente, por el futuro; misericordia para mitigar las penas, misericordia
para purificar las alegrías, misericordia por nuestras cosas pecaminosas,
misericordia por nuestras cosas santas. "Todas tus misericordias": la
expresión tiene una vasta carga de significado. Jacob no sabe cómo expresar su
sentido de obligación excepto con plurales y universales: el lenguaje es tan
pleno que no podría mostrar todo su significado. Parece que le dice al Señor:
"Por toda esta gran bondad, te ruego que continúes tratando bien a tu siervo.
Sálvame de Esaú, pues de lo contrario se perderán todas tus misericordias. En
tu pasado amor ¿no me has dado la promesa de protegerme aun hasta el final?" A
través de toda la Biblia, la misericordia y la verdad son reunidas de
continuo, "Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad." "Dios
enviará su misericordia y su verdad." Estas dos gracias se dan la mano en la
oración de Jacob: "Todas tus misericordias y toda tu verdad."
Oh, hermanos, si quisieran luchar con Dios y prevalecer, utilicen mucho estos
argumentos maestros: misericordias y verdad. Estas son dos llaves que abrirán
todos los tesoros de Dios; estos son dos escudos que los protegerán de cada
flecha ardiente. Lo que hizo humilde a Jacob, también lo hizo fuerte en su
oración. La gratitud por la misericordia lo hizo inclinarse ante Dios, pero
también le permitió asir al ángel con la mano de la importunidad creyente.
Observen, enseguida, cómo dice "Tu siervo." Toda una súplica está
escondida en esa palabra. Jacob podría haberse llamado a sí mismo por otro
nombre en esta ocasión. "Menor soy que todas las misericordias y que toda la
verdad que has usado para con tu hijo": hubiera sido cierto, pero no
hubiera sido adecuado. Supongan que hubiera dicho: "para con tu elegido,"
eso hubiera sido cierto, pero no hubiera sido tan humilde; o "para con
quien hiciste el pacto,": hubiera sido correcto, pero no es una expresión
tan humilde como la que Jacob tenía la necesidad de utilizar en este momento
de su aflicción, cuando los pecados de su juventud vinieron a su mente.
Parecía decir, "Señor, soy tu siervo. Tú me ordenaste venir aquí, y aquí he
venido por ese mandato: por consiguiente protégeme."
Seguramente un rey no quiere ver a su siervo ultrajado cuando está dedicado al
servicio real. Jacob estaba en la senda del deber, y Dios quería hacer de ella
la senda de la seguridad. Si hacemos de Dios nuestro guía, Él será nuestra
protección. Si es Él nuestro Comandante, Él será nuestro Defensor. No
permitirá que ningún Esaú ataque con su espada a uno de sus Jacobs.
Cuando nos arrojamos totalmente en el Señor por una obediencia creyente,
podemos estar seguros que Él nos sostendrá y nos sostendrá completamente. A
los amos se les ordena dar a sus siervos lo que es justo y equitativo, y
podemos estar seguros que nuestro Señor en el cielo, hará lo mismo con cada
uno de nosotros que Le servimos.
Jacob estaba en peligro por su servicio, y por consiguiente, el honor del
Señor estaba comprometido a protegerlo. Puede parecer algo pequeño ser un
siervo, pero es un gran argumento en la hora de necesidad; así lo usó David: "Haz
resplandecer tu rostro sobre tu siervo." "No escondas de tu siervo tu rostro,
porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme." "Salva tú, oh, Dios mío, a tu
siervo que en ti confía. Estos no son sino ejemplos de las formas en que los
hombres de Dios usaban su posición de siervos como un argumento para la
misericordia.
Jacob tenía otro argumento que mostraba su humildad, y esa era el argumento
de los hechos. "Con mi cayado," dice "pasé este Jordán." "Este Jordán,"
que fluía cerca, y que recibía al Jaboc. Le trae mil cosas a la mente, estar
en el viejo lugar otra vez. Cuando lo atravesó primero él iba al exilio, pero
ahora regresa como un hijo, para ocupar su lugar con la amada Rebeca y su
padre Isaac, y no podía sino sentir que era una gran misericordia ir ahora en
una dirección más feliz que antes. Contempló su cayado, y recordó cómo,
atemorizado y tembloroso, se había recargado en él cuando seguía su marcha
apresurada y solitaria. "Con este cayado: es todo lo que tenía." Lo observa y
contrasta su condición presente y sus dos campamentos con aquel día de pobreza,
aquella hora de huída presurosa. Esta mirada al pasado le hizo sentirse
humilde, pero seguramente fue una fortaleza para él en la oración. "Oh, Dios,
si me has ayudado desde la necesidad apremiante hasta tener toda esta riqueza,
tú puedes ciertamente preservarme del presente peligro. Quien ha hecho tanto
todavía puede bendecirme, y así lo hará."
¿Acaso Dios se burla de los hombres? ¿Los alienta en su esperanza y luego los
abandona? No, el Dios que comienza a bendecir, persevera en su bendición, y
hasta el final continúa amando a sus elegidos.
Para terminar, creo descubrir aquí un poderoso argumento en la oración de
Jacob. ¿No dio a entender que aunque Dios lo había hecho prosperar tan
abundantemente, con ello había venido una responsabilidad mayor? Él
tenía que preocuparse más que cuando poseía menos. Su deber se había
incrementado con el incremento de sus posesiones. Él parece decir: "Señor,
cuando antes pasé por este camino no tenía nada, sólo un cayado; sólo de él
tenía que preocuparme; si lo hubiera perdido hubiera podido encontrar otro.
Entonces tuve tu amada y bondadosa protección, que fue mejor para mí que todas
las riquezas. ¿Acaso no la tendré más? Cuando estaba yo solo con mi cayado tú
me guardaste, y ahora que estoy rodeado por esta familia numerosa con muchos
hijos y mis siervos, ¿no abrirás tus alas sobre mí? Señor, los dones de tu
bondad aumentan mi necesidad: dame tu bendición proporcionalmente. Antes pude
correr y escapar de mi airado hermano; pero ahora las madres y los niños me
atan, y debo permanecer con ellos y morir con ellos a menos que me preserves."
Hermanos míos, en esta hora yo sé cómo utilizar esta misma imploración. Para
mí cada avance en mi posición significa más obligación de servir a mi Señor y
bendecir mi existencia. Necesito más gracia, o mi caída será más vergonzosa.
Indignos como somos de todas estas bendiciones, sin embargo no nos atrevemos a
restarles importancia, ni rechazar servir a nuestro Dios con todo nuestra
fuerza.
Entre más bueyes se tengan, se tiene que arar más; entre más grandes sean los
campos, más arduamente tenemos que sembrar, y entre más grande sea la cosecha,
más industriosamente tenemos que recolectarla; para todo esto necesitamos
mucha más fuerza. Si Dios nos bendice y nos incrementa en talento, o en
riquezas, o en cualquier otra forma, ¿no debemos concluir que entre más grande
la confianza, más grande es la responsabilidad? Así las tareas de nuestra vida
se vuelven más duras, y más difíciles, y somos conducidos más que nunca hacia
nuestro Dios.
Este es nuestro argumento: "Oh, Señor, me has impuesto un servicio más amplio;
dame más gracia. En Tu bondad has confiado más talentos al que tenía diez
talentos; ¿no me darás más ayuda para poner todo a interés por causa de tu
nombre?" Sí, hermano, a medida que Dios te eleve, inclínate más y más a sus
pies. Consagra aún más enteramente todo tu ser a Dios. Da gracias si tu dinero
te ha producido más dinero; y si Él hace más por ti, no descanses hasta que el
dinero se haya duplicado. Deja que la bondad de Dios, en lugar de llegar a ser
un manto para tu orgullo, o un lecho para tu pereza, sea un incentivo para tu
trabajo, un estímulo para tu celo. Que ayude a tu humildad pero al mismo
tiempo aliente tu confianza cuando te acerques a Dios en la oración, para
sentir cuán grandemente estás obligado a servir al Señor.
Queridos amigos, el Señor ha estado atento a nosotros como iglesia, y nos
bendecirá. Hemos obtenido a través de nuestro Señor Jesús y Su Espíritu,
bendiciones tan grandes que yo puedo decir que somos indignos de la más
pequeña de esas misericordias. ¿Acaso no las usaremos para la gloria de Dios?
Sí, más que nunca: pues estamos decididos a orar más, y a creer más, y a
trabajar más, y a estar llenos de valor y denuedo para que el nombre y la
verdad de Jesús sean conocidos en cualquier lugar donde se oiga nuestra voz.
Mientras las lenguas puedan hablar y los corazones puedan latir, si Dios nos
ayuda, viviremos para Jesús nuestro Señor.
Nosotros somos lo que Rutherford llamaría "deudores ahogados;" seamos amantes
vivientes. Nuestros barcos se están hundiendo en un mar de amor hasta que la
misericordia cubra nuestros mástiles. Que así sea. Que así sea. Hemos sido
tragados por un abismo de amor. Mi figura nos describe como hundiéndonos, pero
la verdad es que de esta forma somos elevados al estar llenos de toda la
plenitud de Dios. Con todo mi corazón yo ruego por ustedes, amados. Dios los
bendiga por Cristo nuestro Señor. Amén.