La oración es la más alta prueba de energía de que es capaz la mente humana; porque para orar, se requiere la concentración total de las facultades. La gran masa de hombres mundanos es absolutamente incapaz de orar. - Coleridge
El Reverendo Wilson dice: "En el diario de H. Martyn me han conmovido el espíritu de oración y el tiempo y el fervor que dedicó a esta práctica".
Edward Payson desgastó las tarimas donde sus rodillas se apoyaban frecuentemente por largo tiempo. Su biografía dice: "Su insistencia continua en la oración, cualesquiera que fueran las circunstancias, es el hecho más notable de su vida, y señala el camino para todo el que quiera igualarle en eminencia. A sus oraciones ardientes y perseverantes debe atribuirse en gran parte su éxito enorme y sin interrupción".
El marqués de Renty, para quien Cristo era muy precioso, en una ocasión que se entregaba a sus devociones, indicó a su criado que le llamara después de media hora. Este, al ir a cumplir con la orden que se le había dado, vio tal expresión de santidad en el semblante del marqués que no se atrevió a hablarle. Sus labios se movían, pero en silencio. Esperó hora y media y, cuando le llamó, el marqués dijo que la media hora que había estado en comunión con Cristo le había parecido muy corta.
David Brainerd, decía: "Me agrada estar en mi choza donde puedo pasar mucho tiempo solo en la oración".
William Bramwell es famoso por su santidad personal, por su éxito maravilloso en la predicación y por las respuestas asombrosas que obtenía en sus oraciones. Oraba durante horas enteras. Casi vivía sobre sus rodillas. Al recorrer sus circuitos parecía una llama de fuego, encendida por el mucho tiempo pasado en oración. Pasaba muchas veces cuatro horas en oración continua y a solas.
El Reverendo Andrews pasaba hasta cinco horas diarias en oración.
Sir Henry Havelock empleaba las primeras dos horas del día a solas con Dios. Si el campamento se levantaba a las seis él empezaba sus oraciones a las cuatro.
Earl Carnst dedicaba todos los días una hora y media al estudio de la Biblia y a la oración antes de dirigir el culto familiar a las ocho.
El éxito del doctor Judson se atribuye al hecho de que dedicaba mucho tiempo a la plegaria. Dice sobre este punto: "Arregla tus negocios, si es posible, de manera que puedas dedicar tranquilamente dos o tres horas del día no simplemente a ejercicios devocionales sino a la oración secreta y a la comunión con Dios. Esfuérzate siete veces al día por alejarte de las preocupaciones mundanas y de las que te rodean para elevar tu alma a Dios en tu retiro privado.
Empieza el día levantándote a medianoche y dedicando algún tiempo en el silencio y la oscuridad a esta obra sagrada. Que el alba te encuentre en esta misma ocupación y haz otro tanto a las nueve, a las doce, a las tres, a las seis, y a las nueve de la noche. Ten resoluciones en su causa. Haz todos los esfuerzos posibles para sostenerla. Considera que tu tiempo es corto y que no debes permitir que otros asuntos y compañías te separen de tu Dios". ¡Imposible!, decimos, ¡son instrucciones fanáticas!
Pero el Dr. Judson hizo impresión en un imperio a favor de Cristo y puso los fundamentos del reino de Dios, en imperecedero granito, en el centro de Birmania. Tuvo éxito, fue uno de los pocos hombres que conmovieron poderosamente al mundo en favor de Cristo. Otros más favorecidos en dones, genio e ilustración, no han hecho la misma impresión; su trabajo religioso ha sido como las huellas de paso en la arena, pero él ha grabado su obra sobre granito.
La explicación de su profundidad y resistencia se encuentra en el tiempo que dedicó a la oración. Esta lo mantuvo al rojo vivo y Dios le impartió un poder permanente. Nadie puede hacer una obra grande y perdurable si no es un hombre de oración, y no se puede ser un hombre de oración sin dedicar mucho tiempo a esta devoción.
¿Es cierto que la oración es simplemente el cumplimiento de un hábito insensible y mecánico? ¿Es una práctica sin importancia a la cual estamos acostumbrados hasta que la convertimos en algo insípido, mezquino y superficial? "Es cierto que la oración es, como se presume, algo como un juego semi pasivo del sentimiento que brota lánguidamente durante los minutos a las horas de ocio?"
El canónigo Liddon continúa: "Que den la respuesta los que realmente han orado. Ellos algunas veces describen la oración como la lucha que sostuvo el patriarca Jacob con un poder invisible, lucha que puede prolongarse frecuentemente en una vida fervorosa hasta altas horas de la noche o aun hasta que rompa el día. En otras ocasiones se refiere a la intercesión de Pablo como una lucha concertada. Cuando han orado han tenido los ojos fijos en el gran Intercesor la noche de Getsemaní, en las grandes gotas de sangre que caían al suelo en aquella agonía de resignación y sacrificio.
La importunidad es la esencia de la oración eficaz. La importunidad no significa dejar vagar la mente sino tener una obra sostenida. Por medio de la oración, especialmente, el reino de los cielos sufre violencia y los valientes lo arrebatan. Como dijo el Reverendo Hamilton: "Ningún hombre podrá hacer mucho bien con la oración si no principia por mirarla a la luz de una obra para la cual se prepara o en la que persevera con el afán de ponernos en los asuntos que en nuestro concepto son los más interesantes y los más necesarios".
La Oración Valiente - Spurgeon
"Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador." Lucas 5: 8
¿Por qué retira el Espíritu Santo el sentido de Su
presencia? ¿Acaso no es porque nosotros le pedimos que se vaya? Nuestros
pecados Le piden que Se vaya; nuestras Biblias no leídas le piden a grandes
voces, por decirlo así, que Se vaya. Tratamos al sagrado Huésped como si
estuviéramos cansados de Él, y Él percibe esta insinuación y esconde Su faz, y
luego nos afligimos y comenzamos a buscarlo de nuevo. Pedro no hace eso, pero
nosotros sí. ¡Ay!, cuán a menudo debemos decir: "¡oh, Santo Espíritu,
perdónanos por haberte vejado de tal manera, por haber resistido Tus
advertencias, por haber apagado Tus dictados, y por haberte contristado!
Regresa a nosotros, y habita con nosotros para siempre."
Esta oración en su peor interpretación es ofrecida, en la práctica, por
algunas iglesias cristianas. Yo creo que cualquier iglesia cristiana que
se vuelva desunida, de tal forma que sus miembros no tengan un verdadero amor
los unos por los otros, repite esa horrible súplica por esa misma falta de
unidad. Es equivalente a que esa iglesia diga: "Apártate de nosotros, Espíritu
de unidad! Tú únicamente habitas donde hay amor: nosotros quebrantamos Tu
reposo: apártate de nosotros!" El Espíritu Santo se deleita en morar con un
pueblo que es obediente a Su enseñanza, pero hay iglesias que no quieren
aprender: rehúsan cumplir la voluntad del Señor, o aceptar la Palabra del
Señor. Tienen otras normas, algún libro de hombres, y en las excelencias de la
composición humana olvidan las glorias de la composición divina. Ahora, yo
creo que allí donde cualquier libro, cualquiera que sea, sea puesto por encima
o al lado de la Biblia, o donde cualquier credo o catecismo,
independientemente de cuán excelentes sean, sean puestos a la par de esa
perfecta Palabra de Dios, cualquier iglesia que haga eso, de hecho, está
diciendo: "Apártate de nosotros, Señor." Y cuando se trata de un error
doctrinal real, particularmente de esos errores dolorosos de los que
escuchamos hoy día, tal como la regeneración bautismal, y las doctrinas afines
a ella, por decirlo así, es una terrible imprecación que pareciera decir: "¡Vete
de nosotros, oh Evangelio! ¡Vete de nosotros, oh Espíritu Santo! Danos señales
y símbolos, y eso basta; pero apártate de nosotros, oh Señor; estamos
contentos sin ti."
En cuanto a nosotros, nosotros como iglesia, podemos decir en la práctica esta
oración. Si casi nadie asiste a nuestras reuniones de oración; si las
oraciones en esas reuniones son frías y están muertas; si el celo de nuestros
miembros se extingue; si no hay preocupación por las almas; si nuestros niños
crecen sin el debido entrenamiento en el temor de Dios; si la evangelización
de esta gran ciudad fuese entregada a otro grupo de obreros y nosotros nos
quedáramos impasibles; si nos tornáramos fríos, poco generosos, indiferentes,
apáticos; ¿qué peor cosa podríamos hacer en contra nuestra? ¿Cómo podríamos
hacer esta terrible oración con mayor fuerza: "Apártate de nosotros: somos
indignos de Tu presencia: vete, buen Señor? Que la palabra 'Icabod' sea
escrita sobre nuestra paredes; queremos quedarnos con todas las maldiciones de
Gerizim resonando en nuestros oídos."
Digo, entonces, que la oración pudiera entenderse en este peor sentido. No
tenía ese sentido: nuestro Señor no lo entendió así: nosotros tampoco debemos
entenderla así en lo relativo a Pedro; pero cuidémonos, ¡oh!, cuidémonos de no
ofrecerla así, nosotros mismos, en la práctica.
Pero ahora, a continuación, vamos a esforzarnos por tomar la oración tal como
brotó de los labios y del corazón de Pedro:
II. UNA ORACIÓN QUE PODRÍAMOS JUSTIFICAR, Y CASI
RECOMENDAR.
¿Por qué dijo Pedro: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador"? Hay
tres razones. Primero, porque era un hombre; segundo, porque era un
hombre pecador; y además, porque lo sabía, y se volvió un hombre
humilde.
Así, entonces, el primer motivo de esta oración es que Pedro sabía que era
un hombre, y por tanto, siendo un hombre, se sentía asombrado en presencia
de alguien como Cristo. La primera visión de Dios ¡cuán asombrosa es para
cualquier espíritu, aunque sea puro! Yo supongo que Dios nunca Se reveló
completamente, no se podría haber revelado completamente a ninguna criatura,
independientemente de cuán elevada fuera su capacidad. El Infinito deja
anonadado a lo finito.
Ahora, allí estaba Pedro, contemplando por primera vez en su vida, de una
manera espiritual, el sumo esplendor y gloria del poder divino de Cristo. Miró
esos peces, y de inmediato recordó la noche de trabajo agotador en la que
ningún pez recompensó su paciencia, y ahora los veía en grandes cantidades en
la barca, y todo como resultado de este hombre extraño que estaba sentado allí,
después de haber terminado de predicar un sermón todavía más extraño, que
condujo a Pedro a considerar que nadie antes había hablado así. No sabía cómo
ocurrió, pero se sintió avergonzado; temblaba y estaba asombrado ante esa
presencia. No me sorprende, pues leemos que Rebeca, al ver a Isaac, descendió
de su camello y cubrió su rostro con un velo; y leemos que Abigail, al
encontrarse con David, se bajó prontamente del asno y se postró sobre su
rostro, diciendo: "¡Señor mío, David!"; y encontramos a Mefi-boset
depreciándose en la presencia del rey David, llamándose a sí mismo un perro
muerto; no me sorprende que Pedro, en la presencia del Cristo perfecto, se
abatiera hasta volverse nada, y en su primer asombro ante su propia nada y la
grandeza de Cristo, casi no supiera qué decir, como alguien aturdido y
deslumbrado por la luz, perturbado a medias, e incapaz de reunir sus
pensamientos y ponerlos en un determinado orden. El mismísimo primer impulso
fue como cuando la luz del sol golpea el ojo, y es una llamarada que amenaza
con cegarnos. "¡Oh!, Cristo, soy un hombre; ¿cómo podré soportar la presencia
del Dios que gobierna a los mismos peces del mar, y obra milagros como éste?"
Su siguiente motivo fue, ya lo he dicho, porque era un hombre pecador,
y hay en ello algo de alarma mezclada con asombro. Como hombre se quedó
pasmado ante el resplandor de la Deidad de Cristo; como pecador se quedó
alarmado ante Su deslumbrante santidad. No dudo que en el sermón que Cristo
predicó, había una denuncia tan clara del pecado, ajustando el juicio a cordel
y a nivel la justicia, y tal declaración de santidad de Dios, que Pedro se
sintió con el velo quitado, descubierto, con su corazón al desnudo: y ahora
venía el remate. Quien había hecho esto podía también gobernar los peces del
mar: debía, por tanto, ser Dios, y fue a Dios a Quien todos los defectos y
males del corazón de Pedro habían sido revelados y por Quien fueron plenamente
conocidos, y casi temiendo con un tipo de grito de alarma inarticulado, porque
el criminal estaba en la presencia del Juez, y el hombre manchado en la
presencia del Inmaculado, dijo: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador."
Pero he comentado que hubo una tercera razón, es decir, que Pedro era un
hombre humilde, como se desprende del dicho, porque se conocía a sí mismo,
y confesó valientemente que era un hombre pecador. Ustedes saben que a veces
ha habido personas en el mundo que súbitamente descubrieron que algún rey o
príncipe se acercaba a su pequeña casucha, y la buena ama de casa, cuando el
mismo rey era el que venía a su choza, sentía como si el lugar en sí era tan
inconveniente para él, que aunque ella hiciera lo mejor posible para su
majestad, y estuviera contenta en su alma porque él honraría su casa con su
presencia, no podía evitar decir: "¡oh!, que su majestad hubiera ido a otra
casa más digna, que hubiera ido a la casa del hombre importante que está un
poco más adelante, pues yo soy indigna de que su majestad venga aquí."
Así Pedro sintió como si Cristo se rebajara casi al venir a él, como si fuera
algo demasiado bueno de parte de Cristo, demasiado grande, demasiado amable,
demasiado condescendiente, y parece que quiso decir: "ve a un lugar más
elevado, Señor; no te sientes en este lugar tan bajo, en mi pobre barca, en
medio de estos pobres peces torpes; no te sientes aquí, pues Tú tienes el
derecho de sentarte en el trono del cielo, en medio de los ángeles que
cantarán Tus alabanzas día y noche; Señor, no Te quedes aquí; ve arriba; toma
un mejor asiento, un lugar más elevado; siéntate entre seres más nobles, que
sean más dignos de ser bendecidos con las sonrisas de Su Majestad."
¿No creen ustedes que quiso decir eso? Si están de acuerdo, no solamente
podemos disculpar su oración, sino inclusive alabarla, pues hemos sentido lo
mismo. "¡Oh!" hemos dicho, "¿acaso habita Jesús con unos cuantos pobres
hombres y mujeres que se han reunido para orar en Su nombre? ¡Oh!, ciertamente
no es un lugar lo suficientemente bueno para Él; Él debe tener el mundo entero
y a todos los hijos de los hombres cantando Sus alabanzas; Él debe tener el
cielo, incluso el cielo de los cielos: que los querubines y serafines sean Sus
siervos, y los arcángeles desaten el calzado de Su pies: que se eleve al trono
más elevado de gloria, y que se siente allí, y que no lleve más la corona de
espinas. Que no sea despreciado ni rechazado más. Que sea adorado y
reverenciado por siempre y para siempre."
Pienso que hemos sentido eso, y, si es así, podemos
entender lo que sintió Pedro, "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador." Ahora, hermanos y hermanas, hay momentos en los que estos
sentimientos, si no pueden ser admirados en nosotros, son sin embargo
disculpados por nuestro Señor, y tienen de todas formas algo en ellos, que Él
mira con satisfacción. ¿Quieren que les mencione uno?
Algunas veces un hombre es llamado a una eminente posición de utilidad,
y conforme el panorama se abre ante él, y ve lo que tendrá que hacer, y con
qué honor el Señor se agrada en cubrirlo, es muy natural, y pienso que es casi
espiritual, que se sobrecoja y diga: "¿quién soy yo para ser llamado a una
obra como esta? Mi Señor, yo estoy dispuesto a servirte, pero ¡oh!, no soy
digno." Como Moisés, que estaba lo suficientemente contento de ser el siervo
del Señor, y sin embargo dijo, y lo dijo de corazón: "Señor, soy tardo en el
habla; soy hombre inmundo de labios, ¿cómo puedo hablar por Ti?" O, como
Isaías, que se regocijó en decir: "Heme aquí, envíame a mí," pero que sentía,
"¡Ay de mí! Porque soy hombre incircunciso de labios; ¿cómo podré ir?"
Pero no como Jonás, que no quería ir en lo absoluto,
sino que a toda costa quería ir a Tarsis para escaparse de la obra en Nínive;
sin embargo, tal vez también con un poco del sabor de la amargura de Jonás,
pero principalmente con un sentido de nuestra propia indignidad para ser
usados en un servicio tan grandioso, decimos: "Señor, no me pongas en eso;
después de todo, puedo tropezar y deshonrarte; quiero servirte, pero para no
ceder de ninguna manera bajo la presión, excusa a Tu siervo, y dale una
asignación de servicio más humilde." Ahora, yo digo que no debemos orar de esa
manera, pero aun así, aunque hay algo indebido allí, hay un sedimento de bien
que Cristo percibirá, en el hecho que vemos nuestra propia debilidad y nuestra
propia incapacidad. Él no se enojará con nosotros, sino que, cribando el grano
de la paja, aceptará la parte buena de nuestra oración, y perdonará la parte
mala.
Además, a veces, queridos amigos, esta oración ha estado casi en nuestros
labios en tiempos de intenso gozo. Algunos de ustedes entenderán lo que
quiero decir: cuando el Señor se acerca a Sus siervos, y es como fuego
consumidor, y nosotros somos como la zarza ardiendo con el sumo esplendor de
Dios realizado en nuestras almas, muchos de los santos de Dios se han
desmayado en tales ocasiones. Ustedes recuerdan que el señor Flavel nos relata
que andando a caballo en un largo viaje a un lugar donde iba a predicar, tuvo
tal sentido de la dulzura de Cristo y de la gloria de Dios, que no supo dónde
estaba, y se quedó sentado en su cabalgadura durante dos horas, y el caballo
sabiamente también se quedó quieto.
Cuando volvió en sí, descubrió que había estado
sangrando profusamente por el exceso de gozo, y al momento de lavarse la cara
en el arroyo junto al camino, dijo estar convencido que sabía lo que era
sentarse a las puertas del cielo, y que difícilmente podía decir que si
hubiese atravesado las puertas que son perlas podría haber sido más feliz,
pues el gozo era excesivo.
Voy a citar lo que he repetido muchas veces, las palabras del señor Welsh, un
famoso teólogo escocés, que se encontraba bajo el influjo de uno de esos
benditos delirios de luz celestial y comunión embelesada, cuando exclamó: "¡Espera,
Señor! ¡Espera: es suficiente! ¡Recuerda que únicamente soy una vasija de
barro, y si me das más, moriré!" Dios pone a veces Su vino nuevo en nuestras
pobres botellas viejas, y entonces tenemos cierta tendencia a decir: "Apártate,
Señor: no estamos listos todavía para Tu gloriosa presencia."
No se reduce a decir eso: no equivale a todas esas
palabras, pero aun así, el espíritu está pronto, pero la carne es flaca, y la
carne comienza a apartarse de la gloria porque aún no puede soportarla. Hay
muchas cosas que Cristo nos diría, pero que no nos dice, porque todavía no
podemos entenderlas.
Otro momento, en el que esto ha pasado por nuestra mente, sin que sea
completamente correcto, o completamente pecaminoso (lo mismo que en las dos
instancias anteriores), es cuando el pecador viene a Cristo, y
ciertamente en alguna medida ha creído en Él, pero cuando al fin ese pecador
percibe la grandeza de la misericordia divina, la riqueza del perdón
celestial, la gloria de la herencia que es otorgada a los pecadores perdonados,
entonces muchas almas respingan, diciendo: "es demasiado bueno para ser cierto;
o si es cierto, no es cierto para mí."
Yo recuerdo muy bien un arrebato sorprendente que tuve al respecto. Yo había
creído en mi Señor, y había descansado en Él por algunos meses, y me
regocijaba en Él, y un día, mientras me gozaba de la delicias de ser salvo, y
me regocijaba en las doctrinas de la elección, la perseverancia final, y la
eterna gloria, pasó por mi mente esta pregunta: "¿Y todo esto para ti, para un
perro muerto como tú? ¿Cómo puede ser eso?" Y durante un tiempo fue una
tentación tan fuerte, que no podía superarla. Era como decir espiritualmente:
"Apártate de mí; soy un pecador demasiado grande para que estés en mi barca,
demasiado indigno de tener tales bendiciones sin precio como esas que Tú me
traes." Ahora, yo digo que eso no es completamente erróneo, ni completamente
correcto.
Hay allí una combinación, y podemos disculparlo, y de
alguna manera alabarlo, pero no enteramente. Hay otros momentos en los que el
mismo sentimiento puede atravesar nuestro ser, pero no puedo detenerme a
especificarlos. Puede haber ocurrido con algunos de ustedes aquí, y les pido
que no se preocupen demasiado, ni que tampoco se excusen completamente, sino
que continuemos con la siguiente enseñanza de esta oración:
III. UNA ORACIÓN QUE NECESITA ENMIENDAS Y
CORRECCIONES.
Desde la perspectiva en que hemos estado viendo la oración, no era buena:
ahora, veámosla de otra manera: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador." ¿No sería mejor decir: "Acércate más a mí, Señor, porque soy
hombre pecador?" Sería una oración más valiente y una
oración más tierna al mismo tiempo: más sabia y no menos humilde,
pues la humildad adopta muchas formas. "Yo soy hombre pecador," allí hay
humildad. "Acércate a mí," allí hay fe que impide que la humildad degenere en
incredulidad y desesperación.
Hermanos, ese sería un buen argumento, pues vean: "Señor,
puesto que soy un pecador, necesito ser purificado; únicamente Tu presencia
puede purificar verdaderamente, pues Tú eres el Refinador, y Tú en efecto
purificas a los hijos de Leví: únicamente Tu presencia puede limpiar, pues el
aventador está en Tu mano, y únicamente Tú puedes limpiar Tu era. Tú eres como
fuego de refinador, o como jabón de lavador: acércate a mí, entonces, Señor,
pues soy hombre pecador, y no quiero ser ya más un pecador; ven, lávame de mi
iniquidad para que pueda ser limpio, y que tu fuego santificador cubra por
completo mi naturaleza, hasta que hayas quemado en mí todo lo que sea
contrario a Tu mente y a Tu voluntad."
¿Se atreverían a decir esa oración? No es natural decirla; si pueden, yo les
diría: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló
carne ni sangre." Carne y sangre pueden hacerte decir: "Apártate de mí"; es
únicamente el Espíritu Santo el que, bajo un sentido de pecado, puede poner
una atracción divina en ustedes hacia el fuego purificador, y puede hacerlos
anhelar, por tanto, que Cristo Se acerque a ustedes.
Además, "Acércate a mí, Señor, puesto que soy un hombre, y siendo un hombre
soy débil, y nada puede volverme fuerte sino Tu presencia. Soy un hombre tan
débil que si Tú te apartas de mí, desfallezco, me caigo, me consumo, me muero;
acércate a mí, entonces, oh Señor, para que por Tu fuerza, yo pueda ser
animado y hecho apto para el servicio. Si Tú te apartas de mí, no puedo
servirte de ninguna manera. ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Pueden
darte gloria los que están sin vida? Acércate a mí, entonces, Dios mío, aunque
soy tan débil, y como un tierno padre que alimenta a su niño, y como el pastor
que lleva sus ovejas, así acércate a mí."
¿No creen que pudo haber dicho: "Acércate a mí, Señor, y mora conmigo, porque
soy hombre pecador," al recordar cómo había fracasado cuando Cristo no estaba
cerca? Toda la noche había echado la red en el mar, entre muchos intentos y
chapoteos, y la había recogido con ávidas miradas, revisándola a la luz de la
luna, pero no había nada allí que recompensara su esfuerzo. La red fue echada
de nuevo, y ahora que Cristo había venido, y que la red estaba llena a
reventar, ¿no habría sido una oración adecuada: "Señor, acércate a mí, y
concédeme que cada vez que trabaje, pueda tener éxito. Y si voy a ser pescador
de hombres, acércate aún más a mí, para que cada vez que predique Tu Palabra,
pueda llevar almas a Tu red, y a Tu iglesia, para que sean salvadas"?
Lo que quiero extraer del texto (y lo haría mejor si continuara aislando estos
diferentes pensamientos) es esto: que es bueno que el sentido de nuestra
indignidad nos conduzca, no a alejarnos de Dios, en una desesperación
incrédula y petulante, sino a acercarnos más a Dios. Ahora, supongamos que soy
un gran pecador. Pues entonces debo acercarme más a Dios por esa misma razón,
pues hay una gran salvación provista para grandes pecadores.
Yo soy muy débil e incapaz de llevar a cabo el gran
servicio que Él me ha impuesto; no debo, entonces, rehuir el servicio ni
rehuir a mi Dios, sino debo considerar que entre más débil sea, más espacio
hay para que Dios reciba la gloria. Si yo fuese fuerte, entonces Dios no me
usaría, porque mi fortaleza recibiría la alabanza por ello; pero mi
incapacidad y mi falta de habilidad, y todo lo que lamento en mí en la obra de
mi Señor, abren el espacio a codazos para que venga la omnipotencia y haga su
obra.
¿No sería algo muy bueno si todos pudiésemos decir: "no me glorío en mis
talentos, ni en mis conocimientos, ni en mi fuerza, sino que me glorío en mi
debilidad, porque el poder de Dios descansa verdaderamente en mí? Los hombres
no podrían decir: "ese es un hombre preparado, y gana almas porque es
preparado." No podrían decir: "ese es un hombre cuyas facultades de
razonamiento son muy poderosas, y cuya fuerza de argumentación es muy clara, y
gana pecadores convenciéndolos"; no, dirían más bien: "¿Cuál es la razón de su
éxito? Nosotros no podemos descubrirla; no vemos en él nada diferente a los
demás hombres, o tal vez vemos tan sólo la diferencia que él posee menos dones
que los demás." Entonces gloria sea dada a Dios; Él recibe la alabanza clara y
precisamente, y Su cabeza es la que merece llevar la corona.
Vean, entonces, cuál es mi propósito con ustedes, amados hermanos y hermanas.
Es este: no rehuyan la obra del Señor, ninguno de ustedes, sólo porque se
sientan incapaces. Por esa misma razón, hagan más bien el doble. No abandonen
la oración porque sientan que no pueden orar, sino que oren el doble, pues
necesitan más oración, y en vez de estar menos con Dios, estén más tiempo con
Él.
No permitan que ningún sentido de indignidad los aparte.
Un niño no debe huir de su madre en la noche porque necesite un baño. Sus
hijos no se mantienen alejados de ustedes porque tengan hambre, o porque
tengan sus ropas rotas, sino que se acercan a ustedes precisamente por esas
necesidades. Ellos vienen porque son sus hijos, pero vienen más frecuentemente
porque son hijos necesitados, porque son hijos afligidos.
Que cada necesidad, cada dolor, cada debilidad, cada tristeza, cada pecado los
conduzcan a Dios. No digan: "Apártate de mí." Es algo natural que lo digan, y
no algo que deba ser condenado por entero, pero es algo glorioso, es algo que
honra a Dios, es algo sabio, decir, al contrario: "Ven a mí, Señor; acércate a
mí, porque soy hombre pecador, y sin Tu presencia estoy totalmente arruinado."
No diré nada más, pero anhelo que el Espíritu Santo lo diga a algunas personas
presentes en esta casa, que desde hace tiempo han sido invitadas a venir y
poner su confianza en Jesús, pero que siempre han argumentado como razón para
no venir, que son demasiado culpables o que están demasiado endurecidos, o
demasiado algo o demasiado lo otro. ¡Es extraño que cuando un hombre encuentra
una razón para venir, otro encuentra una razón para permanecer alejado! David
oraba en los Salmos, "Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi
pecado, que es grande." "Extraño argumento," dirán.
Es grandioso. "Señor, aquí hay gran pecado, y es algo
ahora que amerita que un grandioso Dios lo trate. Aquí hay un pecado del
tamaño de una montaña; Señor, otorga gracia omnipotente para quitarlo. Señor,
aquí hay un pecado de la altura de un pico de los Alpes; que el diluvio de Tu
gracia, como el diluvio de Noé, suba veinte metros por encima de él. Yo soy el
primero de los pecadores; aquí hay lugar para el primero de los Salvadores." ¡Cuán
extraño es que algunos hombres conviertan esto en razón para detenerse lejos!
Este cruel pecado de incredulidad es cruel para ustedes mismos; han desechado
el consuelo que podrían disfrutar. Es cruel para Cristo, pues no hay dolor que
lo haya herido más que ese pensamiento duro, poco generoso, que Él no está
dispuesto a venir.
Crean, crean que nunca está más contento que cuando tiene abrazado a Su Efraín
contra Su pecho, como cuando dice: "Tus muchos pecados te son perdonados."
Confía en Él. Si pudieras verlo, no podrías evitar confiar en Él. Si pudieras
ver ese amado rostro, y esos ojos que una vez estuvieron enrojecidos por el
llanto a causa de los pecadores que lo rechazaron, dirían: "he aquí, venimos a
Ti; Tú tienes palabras de vida eterna; acéptanos, porque sólo en Ti nos
apoyamos; nuestro pensamiento en Ti persevera, porque en Ti ha confiado."
Y una vez hecho eso, descubrirán que descenderá a ustedes como la lluvia sobre
la hierba cortada, como el rocío que destila sobre la tierra, y por medio de
Él, sus almas reverdecerán; sus cilicios les serán quitados, y serán ceñidos
con alegría, y se alegrarán eternamente en Él. Que el Señor mismo los lleve a
esto. Amén.