El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano Jesús, el Rey de la
Verdad.
NO. 1086
Un sermón predicado la noche del Jueves 19 de Diciembre, 1872
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
"Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú
dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al
mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad,
oye mi voz." Juan 18: 37. |

Sermones |
Ya
casi ha llegado la época en la que, por costumbre, nuestros conciudadanos son
impulsados a recordar el nacimiento del santo niño Jesús, nacido "Rey de los
judíos." Sin embargo, yo no los voy a guiar a Belén, sino al pie del Calvario;
allí aprenderemos de los propios labios del Señor, algo relativo al reino del
que Él es monarca, y de esta manera seremos motivados a valorar mucho más, el
gozoso evento de Su nacimiento.
El apóstol Pablo nos informa que nuestro
Señor Jesucristo dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato.
Fue una buena profesión en cuanto a su forma, pues nuestro Señor fue veraz,
benigno, prudente, paciente, manso, y, al mismo tiempo, fue firme y valiente. Su
espíritu no se acobardó delante del poder de Pilato, ni se exasperó frente a sus
miradas de desprecio. En Su paciencia señoreaba en Su alma, estableciéndose como
el testigo modelo a favor de la verdad, tanto en Su silencio como en Su palabra.
Dio también testimonio de la buena profesión, en cuanto a su contenido; pues,
aunque habló poco, lo que dijo fue lo necesario. Reclamó Sus derechos a la
corona, y, al mismo tiempo, declaró que Su reino no era de este mundo, ni sería
sustentado por la fuerza. Él vindicó tanto la espiritualidad como la veracidad
esencial de Su soberanía. ¡Si alguna vez nos encontráramos en circunstancias
semejantes, que seamos capaces también de dar testimonio de la buena profesión!
Tal vez no tengamos que dar testimonio nunca ante un Nerón, como Pablo; pero si
tuviéramos que hacerlo, ¡que el Señor nos ayude y nos dé la fortaleza para que
nos comportemos como hombres valientes delante del león! En nuestras familias, o
entre nuestros conocidos del trabajo, podríamos tener que enfrentarnos a algún
pequeño Nerón, o responder a algún insignificante Pilato; que, entonces, demos
también testimonio de la buena profesión. ¡Oh, que tengamos la gracia de
quedarnos prudentemente callados o de ser mansamente francos, según lo requiera
el caso, y en cualquiera de ambas circunstancias, ¡que seamos fieles a nuestra
conciencia y a nuestro Dios! ¡Que el doliente rostro de Jesús, el fiel y
verdadero Testigo, el Príncipe de los reyes de la tierra, esté a menudo delante
de nuestros ojos, para sofocar el primer brote de indecisión, y para inspirarnos
un intrépido valor!
Tenemos para nuestra consideración, en las palabras
del texto, una parte de la buena profesión de nuestro Salvador, relacionada con
Su reino.
I. Observen, primero que nada, que nuestro Señor AFIRMÓ
SER UN REY. Pilato dijo: "¿Luego, eres tú rey?" haciendo la pregunta con una
sorpresa burlona, ya que el pobre hombre que estaba frente a él, tenía
pretensiones de realeza. ¿Se sorprenden que Pilato se hubiera maravillado
grandemente al descubrir pretensiones de realeza asociadas con una condición tan
deplorable? El Salvador respondió, en efecto, "Tú dices que yo soy rey." La
pregunta fue sincera a medias; la respuesta fue completamente solemne: "Yo soy
rey." Nada fue expresado jamás por nuestro Señor, con mayor certeza y
sinceridad.
Ahora, fíjense que la afirmación de nuestro Señor de ser rey,
la hizo sin la menor ostentación ni deseo de sacarle algún provecho. Hubo otras
ocasiones en la que si hubiese dicho: "Yo soy rey," habría sido llevado en
hombros por el pueblo, y coronado en medio de aclamaciones generales. Sus
paisanos fanáticos en una ocasión le habrían hecho rey de buen grado; y leemos
que una vez "iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey." En esas
oportunidades Él hablaba muy poco acerca de Su reino y lo que llegaba a decir,
lo expresaba en parábolas, que luego explicaba únicamente a Sus discípulos
cuando se encontraban a solas. Muy poco se refería en Su predicación a lo
concerniente a Sus derechos de nacimiento como Hijo de David y como vástago de
la casa real de Judá, pues rehuía los honores del mundo, y desdeñaba las glorias
frívolas de una diadema temporal. El que vino en amor para redimir a los
hombres, no tenía ninguna ambición por las insignificancias de la soberanía
humana. Pero ahora, habiendo sido traicionado por Su discípulo, acusado por Sus
paisanos, estando en manos de un gobernante injusto, y cuando no puede
beneficiarse de ello, sino que le acarreará escarnio en vez de honor, entonces
declara abiertamente y responde a Su interrogador: "Tú dices que yo soy
rey."
Observen bien la claridad de la declaración de nuestro Señor. No
había forma de malinterpretar Sus palabras: "Yo soy rey." Cuando ha llegado el
tiempo para que la verdad sea publicada, nuestro Señor no es remiso en
declararla. La verdad tiene momentos oportunos para el discurso y ocasiones en
las que el silencio resulta más conveniente. No debemos echar nuestras perlas
delante de los cerdos, pero cuando llega la hora de hablar, no debemos dudar,
sino que debemos hablar con la voz de una trompeta, emitiendo un claro sonido
que ningún hombre pueda malinterpretar. Así, aunque era un prisionero condenado
a muerte, el Señor declara valerosamente Su realeza, sin importarle que Pilato
le cubriera de escarnio a consecuencia de ello. Oh, que tengamos la prudencia
del Señor para hablar la verdad en el momento oportuno, y el valor del Señor
para predicar la verdad llegado su momento. Soldados de la cruz, aprendan de su
Capitán.
La afirmación de realeza por parte de nuestro Señor, debe haber
sonado como algo muy extraño al oído de Pilato. Jesús, indudablemente, estaba
muy agobiado, triste y debilitado en Su apariencia externa. Él había pasado la
primera parte de la noche en el huerto, en medio de una agonía. En horas de la
medianoche había sido llevado a rastras de Anás a Caifás, y de Caifás a Herodes;
ni siquiera se le había permitido descansar al despuntar el día, de tal forma
que, de puro cansancio, se vería muy lejos del parecer de un rey. Si tomaran a
alguna pobre criatura andrajosa de la calle, y le preguntaran: "¿Luego, eres tú
rey?" difícilmente la pregunta podría ser más sarcástica. Pilato, en su corazón,
despreciaba a los judíos como tales, pero aquí tenía frente a sí a un pobre
judío, perseguido por los de Su propia raza, desvalido y sin amigos. Sonaba a
burla hablar de un reino vinculado a Él. ¡Sin embargo, la tierra no vio jamás a
un rey más verdadero! Nadie del linaje de Faraón, de la familia de Nimrod, o de
la raza de los Césares era tan intrínsecamente imperial en sí mismo como lo era
Él, reconocido muy merecidamente como rey en virtud de Su linaje, Sus logros y
Su carácter superior. El ojo carnal no podía ver esto, pero para el ojo
espiritual es tan claro como la luz del mediodía.
Hasta este día, en su
apariencia externa, el cristianismo puro es igualmente un objeto sin atractivo,
y muestra en su superficie pocas señales de realeza. Es sin parecer ni
hermosura, y cuando los hombres lo ven, no encuentran una belleza deseable para
ellos. Cierto, hay un cristianismo nominal que es aceptado y aprobado por los
hombres, pero el Evangelio puro, es despreciado y desechado todavía. El Cristo
real de hoy, es desconocido e irreconocible entre los hombres, de la misma
manera que lo fue en Su propia nación hace mil ochocientos años. La doctrina
evangélica está en rebaja, la vida santa es censurada, y la preocupación
espiritual es escarnecida. "¿Qué," preguntan ellos, "tú llamas verdad regia a
esta doctrina evangélica? ¿Quién la cree en nuestros días? La ciencia la ha
refutado. No hay nada grandioso acerca de ella; podrá proporcionar consuelo a
las viejas, y a todos aquellos que no tengan suficiente capacidad para pensar
libremente, pero su reino ha terminado, y no regresará jamás."
En cuanto
a vivir separados del mundo, califican eso de Puritanismo, o algo peor. Cristo
en doctrina, Cristo en espíritu, Cristo en la vida: en estas áreas, el mundo no
puede soportarlo como rey. El Cristo alabado con himnos en las catedrales, el
Cristo personificado en prelados altaneros, el Cristo rodeado por los que
pertenecen a las casas reales,
Él sí es aceptable; pero al Cristo que
debe ser honestamente obedecido, seguido, y adorado en simplicidad, sin pompa o
liturgias deslumbrantes, a ese Cristo no le permitirán que reine sobre ellos.
Pocas personas, hoy en día, estarán de parte de la verdad por la que dieron la
vida sus antepasados. El día del compromiso de seguir a Jesús en medio de la
maledicencia y de la vergüenza, ha pasado. Sin embargo, aunque los hombres se
nos acerquen para preguntarnos: "¿acaso llaman a su evangelio divino? ¿Son
ustedes tan ridículos como para creer que su religión viene de Dios y que
someterá al mundo?" Nosotros respondemos valerosamente: "¡sí!" ¡Así como debajo
del vestido de un campesino y del rostro pálido del Hijo de María, podemos
discernir al Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, así también bajo
la sencilla forma de un Evangelio despreciado, percibimos los regios
lineamientos de la verdad divina. A nosotros no nos importa la ropa o la morada
externa de la verdad; la amamos por ella misma. Para nosotros, los palacios de
mármol y las columnas de alabastro no tienen importancia. Valoramos mucho más el
pesebre y la cruz. Estamos satisfechos de que Cristo reine donde Él quería
reinar, y ese lugar no es en medio de los grandes de la tierra, ni entre los
poderosos y los sabios, sino entre lo vil del mundo y lo que no es, que deshará
lo que es, pues a estos ha elegido Dios, desde el principio, para que sean
Suyos.
Debemos agregar que la declaración de nuestro Señor, de ser rey,
será reconocida un día por toda la humanidad. Cuando, de acuerdo a nuestra
versión, Cristo le dijo a Pilato: "Tú dices que yo soy rey," virtualmente
profetizó la confesión futura de todos los hombres. Algunos que han sido
enseñados por Su gracia, se regocijan en Él en esta vida como su Rey todo
codiciable. Bendito sea Dios, el Señor Jesús podría mirarnos a los ojos a muchos
de nosotros, y decirnos: "tú dices que yo soy rey," y nosotros responderíamos:
"lo decimos gozosamente." ¡Pero vendrá el día cuando Él se siente en Su gran
trono blanco, y entonces, cuando las multitudes tiemblen en la presencia de Su
temible majestad, gente incluso como Poncio Pilato, y Herodes, y los principales
sacerdotes, reconocerán que Él es rey! ¡Entonces, a cada uno de Sus aterrados e
irresistiblemente convencidos enemigos les dirá: "ahora, oh despreciador, tú
dices que yo soy rey," pues ante Él se doblará toda rodilla, y toda lengua
confesará que Él es el Señor!
Recordemos en este punto que cuando nuestro
Señor dijo a Pilato: "tú dices que yo soy rey," Él no se estaba refiriendo a Su
dominio divino. Pilato no estaba pensando en eso para nada, ni nuestro Señor, me
parece, se refirió a eso: sin embargo, no se olviden que, como divino, Él es el
Rey de reyes y Señor de señores. No debemos olvidar nunca que, aunque murió en
debilidad como hombre, Él vive eternamente y gobierna como Dios. Y tampoco creo
que se refería a Su soberanía mediadora, que posee sobre la tierra en relación a
Su pueblo; pues al Señor toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra, y
el Padre le ha dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos
los que le fueron dados. Pilato no estaba aludiendo a eso, en primer lugar, ni
nuestro Señor tampoco. Él se estaba refiriendo a ese gobierno que personalmente
ejerce en las mentes de los fieles, a través de la verdad.
Ustedes
recordarán el dicho de Napoleón: "yo he fundado un imperio mediante la fuerza, y
se ha desvanecido; Jesucristo estableció Su reino en el amor, y permanece hasta
este día, y permanecerá." Ese es el reino al que la palabra del Señor se
refiere, el reino de la verdad espiritual en el que Jesús reina como Señor sobre
aquellos que son de la verdad. Él afirmaba ser un rey, y la verdad que reveló, y
de la cual Él era la personificación, es, por lo tanto, el cetro de Su imperio.
Él gobierna mediante la fuerza de la verdad sobre aquellos corazones que sienten
el poder de la rectitud y de la verdad, y por tanto se someten voluntariamente a
Su guía, creen en Su palabra, y son gobernados por Su voluntad. Cristo reclama
soberanía entre los hombres como Señor espiritual; Él es rey de las mentes de
los que le aman, de los que confían en Él, y le obedecen, porque ven en Él la
verdad que desean sus almas con vehemencia. Otros reyes gobiernan nuestros
cuerpos, pero Cristo gobierna nuestras almas; aquellos gobiernan por la fuerza,
pero Él gobierna por los atractivos de la justicia; la de aquellos reyes es, en
gran medida, una realeza ficticia, pero la Suya es verdadera y encuentra su
fuerza en la verdad.
Suficiente, entonces, en relación a las afirmaciones
de Cristo relativas a ser un rey.
II. Ahora, observen, en segundo
lugar, que NUESTRO SEÑOR DECLARÓ QUE ESTE REINO ERA EL PRINCIPAL PROPÓSITO DE SU
VIDA. "Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo." La razón por la
que nació de la virgen fue para establecer Su reino. Era necesario que naciera
para ser Rey de los hombres. Él siempre fue Señor de todo; no necesitaba nacer
para ser un rey en ese sentido, pero para ser rey a través del poder de la
verdad, era esencial que naciera en nuestra naturaleza. ¿Por qué? Yo respondo,
primero, porque no es natural que un gobernante sea de naturaleza diferente a la
del pueblo al que gobierna. Un rey angélico de los hombres sería algo impropio;
no podría darse la identificación que es el cemento de un imperio espiritual.
Jesús, para gobernar únicamente por la fuerza del amor y de la verdad, se volvió
de la misma naturaleza que la humanidad; fue un hombre entre los hombres, un
hombre real, pero un hombre verdaderamente noble y de condición regia, y así, un
Rey de los hombres.
Pero, además, el Señor nació para salvar a Su
pueblo. Los súbditos son esenciales a un reino; un rey no puede ser rey si no
tiene a nadie a quien gobernar. Pero todos los hombres habrían perecido por el
pecado, si Cristo no hubiera venido al mundo y no hubiera nacido para salvar. Su
nacimiento fue un paso necesario para Su muerte redentora. Su encarnación fue
necesaria para la expiación.
Además, la verdad no ejerce nunca tanto
poder como cuando se encarna. La verdad hablada puede ser derrotada, pero la
verdad actuada en la vida de un hombre es omnipotente, por medio del Espíritu de
Dios. Ahora, Cristo no habló simplemente la verdad, sino que Él
era la
verdad. Si hubiera sido la verdad venida en una forma angélica, habría poseído
muy poco poder sobre nuestros corazones y nuestras vidas; pero la verdad
perfecta en una forma humana, tiene un regio poder sobre la humanidad
regenerada. La verdad venida en carne y sangre tiene poder sobre carne y sangre.
De aquí que nació para este propósito. Así que cuando oigan las campanas que
tañen en la Navidad, piensen en el motivo por el que nació Cristo. No sueñen con
que vino a aderezar sus mesas y a llenar sus copas. En su júbilo, miren por
encima de todas las cosas terrígenas. Cuando oigan que en ciertas iglesias hay
pomposas celebraciones y espectáculos eclesiásticos, no piensen que Jesús nació
para este propósito. No; sino que miren dentro de sus corazones, y piensen que
para esto nació: para ser Rey, para gobernar por medio de la verdad en las almas
de un pueblo que es, por gracia, conducido a amar la verdad de Dios.
Y
luego agregó: "Y para esto he venido al mundo;" esto es, salió del seno del
Padre para establecer Su reino, declarando cosas escondidas desde la fundación
del mundo. Ningún hombre puede revelar el consejo de Dios, sino Uno que ha
estado con Dios; ¡y el Hijo que ha salido de los palacios de marfil de la
alegría, nos anuncia las buenas nuevas de gran gozo! Por esta causa vino también
al mundo, desde el oscuro retiro del taller de José, donde, durante muchos años
estuvo escondido como una perla en su concha. Era necesario que la verdad a la
que vino a dar testimonio, fuera dada a conocer, y que resonara en los oídos de
la multitud. Puesto que iba a ser Rey, debía abandonar Su retiro, y salir a
combatir por Su trono. Tenía que predicar a las multitudes sobre la ladera del
monte. Tenía que hablar en la costa del mar. Tenía que reunir a Sus discípulos,
y enviarlos de dos en dos para publicar desde los tejados los secretos de la
verdad poderosa. No salió porque le encantara ser visto de los hombres, o porque
buscara la popularidad; sino con este propósito: que Él pudiera establecer Su
reino, habiendo publicado la verdad. Era necesario que saliera al mundo y
enseñara, pues de otra manera la verdad no sería conocida, y por consiguiente no
podría operar. El sol debe elevarse como esposo que sale de su tálamo, pues de
lo contrario el reino de la luz nunca será establecido. El Espíritu debe salir
del depósito de los vientos, o la vida nunca reinará en el valle de los huesos
secos.
Durante tres años, nuestro Señor vivió conspicuamente, y
enfáticamente "vino al mundo." Él fue visto por los hombres de manera tan
cercana que pudo ser visto con los ojos, contemplado, tocado y palpado con las
manos. Él tenía el propósito de ser un modelo, y por lo tanto, era necesario que
fuera visto. La vida de un hombre que vive en absoluto retiro puede ser
admirable para sí mismo y aceptable para Dios, pero no puede ser ejemplar para
los hombres: por esta razón el Señor vino al mundo, para que todo lo que iba a
hacer, influenciara a la humanidad. Su enemigos tuvieron permiso para vigilar
cada una de Sus acciones, y se les permitió que se esforzaran para sorprenderle
en alguna palabra, para probarle. Sus amigos le veían en privado, y sabían lo
que hacía en la soledad. Así, su vida entera pudo ser reportada: fue observado
en la fría ladera de la montaña a medianoche, así como en medio de la gran
congregación. Esto fue permitido para que la verdad fuera conocida, pues cada
acción de Su vida era verdad, y contribuía a establecer el reino de la verdad en
el mundo.
Hagamos una pausa aquí. Cristo es rey, un rey por la fuerza de
la verdad en un reino espiritual; con este propósito nació; por esta causa vino
al mundo. Alma mía, hazte esta pregunta: ¿Ha sido cumplido en ti este propósito
del nacimiento y de la vida de Cristo? Si no es así, ¿cuál es el provecho de la
Navidad para ti? Los miembros del coro cantarán: "Porque un niño nos es nacido,
hijo nos es dado." ¿Es cierto eso para ti? ¿Cómo podría serlo a menos que Jesús
reine en ti, y sea tu Salvador y tu Señor? Los que verdaderamente pueden
regocijarse en Su nacimiento son aquellos que le conocen como el Señor de sus
corazones, que gobierna su entendimiento por la verdad de su doctrina, su
admiración por la verdad de Su vida, y sus afectos por la verdad de Su persona.
Para esa gente, Él no es un personaje que deba ser retratado con una corona de
oro y un manto de púrpura, como los reyes comunes y teatrales de los hombres;
sino ¡Alguien más resplandeciente y más celestial, cuya corona es real, cuyo
dominio es incuestionable, que gobierna con verdad y amor! ¿Conocemos a este
rey?
Esta pregunta se podría aplicar muy bien a nosotros, pues, amados,
hay muchos que dicen: "Cristo es mi Rey," pero que no saben lo que dicen, pues
no le obedecen. El que es siervo de Cristo, confía en Cristo, y camina conforme
a la mente de Cristo, y ama la verdad que Jesús ha revelado: todos los demás son
meros hipócritas.
III. Pero debo continuar. Nuestro Señor, en
tercer lugar, REVELÓ LA NATURALEZA DE SU PODER REAL. Ya he hablado de eso, pero
debo hacerlo otra vez. Podría pensarse que el texto fuera de esta manera: "Tú
dices que yo soy rey; Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo,
para establecer mi reino." Las palabras no son esas, pero deben significar eso,
pues Jesús no era incoherente en su discurso. Nosotros concluimos que las
palabras empleadas tienen el mismo significado que esas que el contexto sugiere,
aunque está expresado de manera diferente. Si nuestro Señor hubiera dicho: "Para
establecer un reino," Pilato podría haberlo malinterpretado; pero cuando se
valió de la explicación espiritual, y dijo que Su reino era la verdad, y que el
establecimiento de Su reino era por medio de dar testimonio a la verdad,
entonces, aunque Pilato no le entendió (pues estaba muy por encima de su
comprensión), sin embargo, de todas maneras, no fue conducido a una mala
interpretación.
Nuestro Señor, en efecto, nos dice que la verdad es la
característica preeminente de Su reino, y que Su poder real en los corazones de
los hombres, es a través de la verdad. Ahora, el testimonio de nuestro Señor
entre los hombres, fue enfáticamente sobre asuntos vitales y reales. No trató
con ficción, sino con hechos reales; no con trivialidades, sino con realidades
infinitas. No habla de opiniones, puntos de vista, o especulaciones, sino de
verdades infalibles. ¡Cuántos predicadores desperdician su tiempo sobre lo que
puede o no puede ser! El testimonio de nuestro Señor fue preeminentemente
práctico y positivo, lleno de verdades y certezas.
Algunas veces, al
estar escuchando un sermón, he deseado que el predicador fuera al grano, y que
tratara con algo realmente relacionado con el bienestar de nuestras almas. ¿Qué
importancia tienen los miles de temas triviales que revolotean a nuestro
alrededor, para hombres que se están muriendo? Tenemos al cielo o al infierno
delante de nosotros, y la muerte a tiro de piedra; por Dios, no malgasten el
tiempo con nosotros, sino ¡dígannos la verdad de una vez! Jesús es rey en las
almas de Su pueblo, porque Su predicación nos ha bendecido de la manera más
grande y real, y nos ha dado el descanso en asuntos de ilimitada importancia. Él
no nos ha dado piedras bien labradas, sino pan real. Hay mil cosas que ustedes
tal vez no sepan, y se habrán perdido de muy poco por no saberlas; pero, oh, si
ustedes no conocen lo que Jesús ha enseñado, no les irá bien. Si ustedes son
enseñados por el Señor Jesús, tendrán un descanso de sus afanes, un bálsamo para
sus aflicciones, y la satisfacción de sus deseos. Jesús da la verdad que
necesitan conocer los pecadores que creen en Él: la garantía del pecado
perdonado por medio de Su sangre, el favor asegurado por Su justicia, y el cielo
obtenido por Su vida eterna.
Además, Jesús tiene el poder sobre Su
pueblo porque Él da testimonio no a símbolos, sino a la propia sustancia de la
verdad. Los escribas y los fariseos eran muy versados acerca de los sacrificios,
las ofrendas, las oblaciones, los diezmos, los ayunos, y cosas semejantes; pero,
¿qué influencia podría tener todo eso sobre los corazones adoloridos? Jesús
tiene un poder imperial sobre los espíritus contritos, porque les habla de Su
único y verdadero sacrificio y de la perfección que ha obtenido para todos los
creyentes. Los sacerdotes perdieron su poder sobre la gente porque no fueron más
allá de la sombra, y tarde o temprano, todos aquellos que descansan en el
símbolo harán lo mismo. El Señor Jesús retiene Su poder sobre Sus santos porque
Él revela la sustancia, pues la gracia y la verdad son por Jesucristo. Cuánta
pérdida de tiempo implica debatir sobre la forma de una copa, o la manera de
celebrar la comunión, o el color apropiado para la vestiduras del clérigo en la
época de Adviento, o la fecha precisa de la Pascua. ¡Vanidad de vanidades, todo
es vanidad! Todas esas trivialidades nunca ayudarán a establecer un reino eterno
en los corazones de los hombres. Cuidémonos de no poner nosotros también mucho
peso en las cosas externas, y perder de vista lo esencial, la vida espiritual de
nuestra santa fe. ¡El reino de Cristo no es comida ni bebida, sino justicia, paz
y gozo en el Espíritu Santo!
El poder del Rey Jesús en los corazones de
Su pueblo descansa en gran manera en el hecho de que Él pone de manifiesto la
verdad sin mezcla, sin la contaminación del error. Él nos ha entregado una luz
pura y no tinieblas; Su enseñanza no es una combinación de la palabra de Dios y
de las invenciones del hombre; no es una mezcla de inspiración y de filosofía;
plata sin escorias es la riqueza que Él da a Sus siervos. Los hombres enseñados
del Santo Espíritu para amar la verdad, reconocen este hecho y rinden sus almas
a la influencia real de la verdad del Señor, y los hace libres, y los santifica;
nada puede conducirles a repudiar a tal soberano, pues como la verdad vive y
mora en sus corazones, así Jesús, quien es la verdad, mora también en ellos. Si
saben lo que es la verdad, ustedes se someterán tan naturalmente a las
enseñanzas de Cristo, como los niños se someten siempre a la autoridad de sus
padres.
El Señor Jesús enseñó que la adoración tiene que ser verdadera,
espiritual y nacida del corazón, pues de lo contrario no sirve de nada. Él no
tomó partido por el templo en Gerizim o por el templo en Sion, sino que declaró
que la hora había llegado cuando los que adoran a Dios le adorarán en espíritu y
en verdad. Ahora, los corazones regenerados sienten el poder de esto, y se
regocijan que los emancipe de los miserables elementos del ritualismo carnal.
Ellos aceptan de buen grado la verdad de que las palabras piadosas de la oración
o de la alabanza serían pura vanidad, a menos que el corazón tenga una adoración
viva dentro de sí. En la grandiosa verdad de la adoración espiritual, los
creyentes poseen una Carta Magna, tan amada como la vida misma. Nos rehusamos a
estar nuevamente sujetos al yugo de servidumbre, y nos adherimos a nuestro rey
emancipador.
Nuestro Señor enseñó, también, que vivir falsamente es ruin
y aborrecible. Él expresó desprecio por las filacterias ensanchadas de los
hipócritas y los extendidos flecos de los mantos de los opresores de los pobres.
Para Él, las limosnas ostentosas, las largas oraciones, los ayunos frecuentes, y
el diezmo de la menta y del comino no eran nada cuando eran practicados por
aquellos que devoraban las casas de las viudas. No le importaban para nada los
sepulcros blanqueados y los platos limpiados por fuera. Él juzgaba los
pensamientos y las intenciones del corazón. ¡Qué interjecciones utilizó para
denunciar a los formalistas de Su día! Debe haber sido un grandioso espectáculo
haber visto al humilde Jesús, indignado, tronando en un repique tras otro, Sus
denuncias contra la hipocresía. Elías no invocó jamás fuego del cielo que fuera
ni la mitad de grandioso. "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas", es
el más estruendoso retumbo de la artillería del cielo! Vean cómo, como un nuevo
Sansón, Jesús ataca las imposturas de su época y las apila en un montón sobre
otro, para que se pudran para siempre. ¿Acaso Aquel que nos enseña la vida
verdadera no será rey de todos los hijos de la verdad? Saludémosle ahora como
Señor y Rey.
Además, amados, nuestro Señor no sólo vino para enseñarnos
la verdad, sino que fluye de Él un misterioso poder, a través de ese Espíritu
que reposa en Él sin medida, que somete a los corazones elegidos a la verdad, y
luego guía a los corazones verdaderos a la plenitud de la paz y del gozo. ¿Acaso
no han percibido nunca, al haber estado con Jesús, que el sentido de Su pureza
los ha conducido a desear vivamente ser purificados de toda hipocresía y de todo
camino falso? ¿Acaso no han sentido vergüenza de ustedes mismos al salir de oír
Su palabra, de contemplar Su vida, y, sobre todo, de gozar de Su comunión,
porque no han sido más reales, más sinceros, más verdaderos, más rectos,
súbditos más leales del verdadero Rey? Sé que lo han sentido. Nada acerca de
Jesús es falso o siquiera ambiguo. Él es transparente. De la cabeza a los pies
Él es la verdad en público, la verdad en privado, la verdad en palabra, y la
verdad en hechos. Por esta razón Él tiene un reino sobre los puros de corazón, y
Él es vehementemente enaltecido por todos aquellos que están colocados sobre la
justicia.
IV. Y ahora, en cuarto lugar, nuestro Señor EXPLICÓ EL
MÉTODO DE SU CONQUISTA. "Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo,
para dar testimonio a la verdad." Cristo no ha establecido Su reino por
la fuerza de las armas. Mahoma sacó la espada, y convirtió a los hombres
exigiéndoles que eligieran entre la muerte o la conversión; pero Cristo dijo a
Pedro: "Mete tu espada en la vaina." La compulsión no debe ser usada con nadie
para inducirle a aceptar cualquier opinión, mucho menos para conducirle a
aceptar la verdad. La falsedad requiere del potro de tormento de la Inquisición,
pero la verdad no necesita de esa ayuda indigna. Su propia belleza, y el
Espíritu de Dios, son su fortaleza. Además, Jesús no usó las artes de las
supercherías sacerdotales, ni los trucos de la superstición. Los insensatos son
persuadidos por un dogma, por el hecho de que es promulgado por un sabio doctor
de alto nivel, pero nuestro Raboni no tiene resonantes títulos de honor. La
gente vulgar imagina que un enunciado debe ser correcto si emana de una persona
que usa largas mangas, o proviene de un lugar donde los estandartes son de
costosa hechura, y la música es de lo más dulce: estas cosas son buenos
argumentos para quienes no son reformables; pero Jesús no le debe nada a Su
ropa, y no influencia a nadie mediante arreglos artísticos. Nadie puede afirmar
que Él reina sobre los hombres por el resplandor de la pompa, o por la
fascinación de ceremonias sensuales. Su hacha de combate es la verdad; la verdad
es tanto Su flecha como Su arco, Su espada y Su adarga. Créanme, ningún reino es
digno del Señor Jesús sino aquel que tiene sus cimientos cifrados en verdades
indisputables. Jesús despreciaría reinar con la ayuda de una mentira.
El
cristianismo verdadero nunca fue promovido mediante política o engaño, haciendo
lo malo, o diciendo lo falso. Incluso exagerar la verdad corresponde a engendrar
error, y así derribamos la verdad que pretendíamos establecer. Hay algunos que
dicen: "presenta una línea de enseñanza, y nada más, para que no parezcas
inconsistente." ¿Qué tengo yo que ver con eso? Si es la verdad de Dios, estoy
obligado a presentarla toda, y a no guardarme nada de ella. La política, como un
velero que depende del viento, vira por aquí y por allá; pero el hombre
verdadero, como un barco que tiene su propia fuerza motriz, va en línea recta
hacia delante aun en medio del huracán. Cuando Dios pone la verdad en las almas
de los hombres, les enseña a no desviarse ni a adaptarse, sino a sostenerse a
riesgo de lo que sea. Esto es lo que Jesús siempre hizo. Él dio testimonio a la
verdad, y allí dejó el asunto; fue cándido como una oveja.
Aquí será
apropiado responder la pregunta: "¿a cuál verdad dio testimonio? Ah, mis
hermanos, ¿a cuál verdad no dio testimonio? ¿Acaso no reflejó toda la verdad en
Su vida? Vean cuán claramente expresó la verdad que Dios es amor. Cuán
melodioso, cuán semejante a repiques de campanas de Navidad fue Su testimonio a
la verdad que "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna."
También dio testimonio de que Dios es justo. ¡Cuán solemnemente proclamó ese
hecho! Sus heridas sangrantes, Sus moribundas agonías sonaron esa solemne
verdad, como un tañido fúnebre que incluso los muertos pudieron oír. Dio
testimonio a la exigencia de Dios por la verdad en lo íntimo; pues a menudo hizo
la disección de los hombres y los desnudó, y abrió sus secretos pensamientos y
los descubrió para ellos mismos, y les hizo ver que el ojo de Dios soporta
únicamente la sinceridad. ¿Acaso no dio testimonio a la verdad que Dios había
resuelto hacer para Sí un pueblo nuevo y un verdadero pueblo? Acaso no estaba
siempre hablando de Sus ovejas que oyen Su voz, del trigo que recogería en el
granero, y de las cosas preciosas que serían atesoradas cuando los malos fueran
arrojados fuera? En eso estaba dando testimonio que lo falso debe morir, que lo
irreal debe ser consumido, que la mentira debe cubrirse de herrumbre y pudrirse;
pero que lo verdadero, lo sincero, lo lleno de gracia, lo vital debe soportar
cualquier prueba, y debe durar más que el sol.
En una época de
fingimientos, siempre estaba barriendo con las pretensiones y estableciendo la
verdad y la rectitud como Sus testigos. Y ahora, amados, esta es la manera en la
que el reino de Cristo será establecido en el mundo. Por esta causa nació la
iglesia y por este propósito vino ella al mundo, para establecer el reino de
Cristo dando testimonio a la verdad.
Yo anhelo, amados míos, ver que
todos ustedes den testimonio. Si aman al Señor, den testimonio a la verdad.
Deben hacerlo personalmente; deben hacerlo colectivamente. Nunca se unan a una
iglesia cuyo credo no crean entera y sinceramente, pues si lo hicieran estarían
actuando una mentira, y serían, además, partícipes del error de los testimonios
de otros hombres. Yo no diría, ni por un instante, nada que retardara la unidad
cristiana, pero hay algo antes de la unidad, y es, "la verdad en lo íntimo" y
honestidad delante de Dios. Yo no me atrevería a ser miembro de una iglesia cuya
enseñanza yo supiera que es falsa en puntos vitales. Preferiría ir al cielo
solo, que engañar mi conciencia por tener compañía. Ustedes podrán decir: "pero
yo protesto contra el error de mi iglesia." Queridos amigos, ¿cómo podrían
protestar consistentemente en contra de ese error cuando profesan estar de
acuerdo con él, siendo miembros de una iglesia que lo avala? Si eres un ministro
de una iglesia, en efecto estás diciéndole al mundo: "yo creo y enseño las
doctrinas de esta iglesia;" y si subes al púlpito y dices que no crees en ellas,
¿qué concluirá la gente? Dejo que juzguen por ustedes mismos.
Vi la
torre de una iglesia el otro día, con un reloj en ella, que me sorprendió al
marcar las diez y media cuando yo pensaba que eran las nueve aproximadamente;
sin embargo, me tranquilicé cuando vi que otra cara del reloj indicaba las ocho
y quince. "Bien," pensé, "cualquiera que sea la hora, ese reloj está equivocado,
pues se contradice a sí mismo." Así que cuando oigo a un hombre que dice algo de
acuerdo a la membresía de su iglesia y luego otra cosa en contra, de conformidad
a su criterio personal, vamos, independientemente de lo que sea correcto,
ciertamente no es consistente consigo mismo.
Demos testimonio a la
verdad, puesto que hay gran necesidad de hacerlo ahora mismo, pues dar
testimonio no goza de buena fama. La época no ensalza ninguna virtud tanto como
la "liberalidad", y no condena ningún vicio tan fieramente como la intolerancia,
alias la honestidad. Si creen en algo y lo sostienen con firmeza, todos
los perros les van a ladrar. Déjenlos que ladren: dejarán de hacerlo cuando se
cansen. Ustedes son responsables ante Dios, y no ante hombres mortales. Cristo
vino al mundo para dar testimonio a la verdad, y Él te ha enviado para que hagas
lo mismo; cuídate de hacerlo, sin importar que ofendas o agrades; pues es
únicamente mediante este proceso que el reino de Cristo va a ser establecido en
el mundo.
Ahora, lo último es esto. Nuestro Salvador, habiendo hablado
de Su reino y de la manera de establecerlo, DESCRIBIÓ A SUS SÚBDITOS: "Todo
aquel que es de la verdad, oye mi voz." Es decir, dondequiera que el Espíritu
Santo ha convertido a un hombre en un amante de la verdad, ese hombre siempre
reconocerá la voz de Cristo y se someterá a ella. ¿Dónde está la gente que ama
la verdad? Bien, no necesitamos investigarlo arduamente. No necesitamos la
lámpara de Diógenes para encontrar a esas personas, pues saldrán a la luz; y,
¿dónde está la luz sino en Jesús? ¿Dónde están esos hombres consistentes, que
son lo que parecen ser? ¿Dónde están los hombres que desean ser verdaderos en
secreto y delante del Señor? Pueden ser encontrados allí donde el pueblo de
Cristo es descubierto; serán encontrados escuchando a aquellos que dan
testimonio a la verdad. Quienes aman la verdad pura, y saben lo que es Cristo,
se enamorarán con seguridad de Él y oirán Su voz. Juzguen ustedes, entonces, en
este día, hermanos y hermanas, si son de la verdad o no; pues si aman la verdad,
ustedes conocen y obedecen la voz que les pide que se alejen de sus viejos
pecados, de los falsos refugios, de los malos hábitos, de todo aquello que no
sea conforme a la mente del Señor. Le han oído en su conciencia, cuando les riñe
por todo lo falso que permanece en ustedes; y también cuando alienta en ustedes
la parte de la verdad que está luchando allí. Habré concluido, cuando les haya
transmitido una o dos exhortaciones.
La primera es, amados, ¿nos
atrevemos a ponernos del lado de la verdad en esta hora de su humillación?
¿Reconocemos la realeza de la verdad de Cristo cuando la vemos deshonrada cada
día? Si la verdad del Evangelio fuera honrada en todas partes, sería fácil decir
"la creo;" pero ahora, en estos días, cuando no tiene honor entre los hombres,
¿nos atrevemos a adherirnos a ella a toda costa? Están dispuestos a caminar con
la verdad a través del lodazal y a través del pantano? ¿Tienen el valor de
profesar una verdad que no está de moda? ¿Están dispuestos a creer la verdad
contra la cual la falsamente llamada ciencia ha desfogado su rencor? ¿Están
dispuestos a aceptar la verdad aunque se diga que sólo los pobres y las personas
sin educación la reciben? ¿Están dispuestos a ser los discípulos del Galileo,
cuyos apóstoles fueron pescadores? De cierto, de cierto les digo que en aquel
día en el que la verdad en la persona de Cristo se manifieste en toda su gloria,
les irá muy mal a quienes se avergonzaron de reconocerla y de reconocer a su
Señor.
A continuación, si hemos oído la voz de Cristo, ¿reconocemos el
propósito de nuestra vida? ¿Sentimos que "nosotros para esto hemos nacido, y
para esto hemos venido al mundo, para dar testimonio a la verdad?" No creo que
tú, mi querido hermano, viniste al mundo para ser un lencero, o un subastador, y
nada más. No creo que Dios te haya creado, hermana mía, para que seas
simplemente una costurera, o una enfermera, o una ama de casa. Las almas
inmortales no fueron creadas para simples propósitos mortales. Para este
propósito nací, para que, con mi voz en este lugar, y en todas partes, dé
testimonio a la verdad. Ustedes reconocen eso. Entonces les ruego, a cada uno de
ustedes, que reconozcan que ustedes también tienen una misión similar. "Yo no
podría ocupar el púlpito," dirá alguien. No te preocupes por eso: da testimonio
a la verdad allí donde estás, y en tu propia esfera. Oh, no desperdicien el
tiempo ni la energía, sino testifiquen de inmediato a favor de Jesús.
Y
ahora, por último, ¿reconocen, amados, la dignidad superlativa de Cristo? ¿Ven
qué Rey es Cristo? ¿Es Él un Rey para ti como no podría serlo nadie más? No fue
sino ayer que un príncipe entró a una de nuestras grandes ciudades, y la gente
llenó todas sus calles para darle la bienvenida, y sin embargo, no era sino un
hombre mortal. Y luego, en la noche, iluminaron su ciudad, e hicieron que los
cielos resplandecieran como si el sol se hubiera levantado antes de la hora
señalada. Pero, ¿qué había hecho este príncipe por ellos? Eran súbditos leales,
y esa era la razón de su gozo. Pero, oh, amados, no necesitamos preguntar: "¿qué
ha hecho Cristo por nosotros?" Deberíamos preguntarnos: "¿qué no ha hecho por
nosotros?" ¡Emanuel, todo lo debemos a Ti! ¡Tú eres nuestro nuevo creador,
nuestro Redentor del más profundo abismo del infierno! ¡En Ti, esplendoroso y
todo codiciable, Tus hermosuras promueven nuestra admiración! ¡Tú viviste por
nosotros, te desangraste por nosotros, moriste por nosotros; y Tú estás
preparando un reino para nosotros, y vas a regresar para llevarnos para estar
contigo allí donde Tú estás! Todo esto infunde amor en nosotros. ¡Todos te
aclamen! ¡Todos te aclamen! ¡Tú eres nuestro Rey, y te adoramos con toda nuestra
alma!
Amados, les suplico que amen a Cristo, y que vivan para Él mientras
puedan. Trabajen mientras haya oportunidad. Cuando he tenido que guardar reposo,
y no he sido capaz de hacer algo, el gran dolor de mi corazón ha sido mi
incapacidad de servirle a Él. Oía a mis hermanos gritando en el campo de
batalla, y veía a mis camaradas marchando al combate, y yo estaba tirado como un
soldado herido en una zanja, y no me podía mover, excepto que entre suspiros
decía una oración para que todos ustedes sean fuertes en el Señor y en el poder
de Su fuerza. Este era mi pensamiento: "¡oh, que hubiese predicado mejor cuando
podía predicar, y que hubiese vivido más para el Señor mientras podía servirle!"
¡No incurran en esos remordimientos en el futuro por causa de la haraganería
presente, sino vivan ahora para Él, que murió por ustedes!
Si alguien
presente en esta reunión no ha obedecido nunca a nuestro Rey, que venga a
confiar en Él ahora; pues es un tierno Salvador, y está dispuesto a recibir al
pecador más grande y más negro que venga a Él. Quienquiera que confíe en Él,
nunca descubrirá que le fallará; pues Él puede salvar perpetuamente a los que
por Él se acercan a Dios. Que los traiga a Sus pies, y reine sobre ustedes en
amor. Amén.
Porción de la Escritura leída antes del Sermón: Salmo
85.